Bienvenidos: Revista La Urraka Internacional


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Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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miércoles, 24 de julio de 2024

La poesía siempre en La Uraka


Otoño inminente

                                    A Juanchi

Aparece el fondo de la Matrix.
Ahora no ríe la lavanda,
en cambio,
el fuego se hace árbol
que esparce el viento en los andenes.
Y mis ojos hinchados de abedul, arce y pino, 
arden llorosos.
Olor a cedro, tierra mojada.
Danzarines terracotas 
bordean el camino de un lugar 
en el que no estoy.
El rompecabezas del maple se aspira
con la devoción del que espera;
la realización del alma
está lejos del hogar paterno.
Tulipanes que derraman ríos de colores
y que se quedan desnudos
como los deseos de los recién llegados,
el lugar que no ocupas en casa.
.
*******
Arrullo de mar

Fina cuna de madera
hecha de la cubierta de un buque
arrulla a mi pequeño.
Mécelo al ritmo de brisa tibia que impulsó tu nave,
fina cuna de madera.
Cuéntale cómo se sostienen los hombres 
cuando arrecia el viento,
de temporales y tormentas.
Cuéntale de la forma de ver a través de la niebla espesa.
Y cúbrelo con la sal que se posó sobre ti en antaño,
para que sepa de misterios,
para que nada impida su navegar.
Enséñale los secretos que guardas
y cómo se llega a puerto seguro.

*******

Futuro concluso

Ya no.
Se extinguieron mis ganas,
su voluntad de lucha pereció.
Ya no seremos,
no rumiaremos el café en la mañana
y tampoco partiremos la tristeza en la cama.
El vino no será más testigo silente,
ni volveré a hacer las compras para ti.
Las promesas, olvidadas.
El futuro se volvió un eterno presente de espera
y abrazamos a otros con amor.
Ya no, ya no seremos.

*******
Pregunta para un crimen

¿Me quieres?,
preguntaste anoche.
el cuchillo se introdujo
unos centímetros en la espalda.
El gesto dijo no,
pero los ojos gritaron sí.
Permití el actuar fariseo
de tu mano en mi rostro.
Dos centímetros más a lo profundo,
aumentó el dolor.
Sobre la mesita de noche,
el mensaje de alguien
tu respuesta espera.
Y en el reflejo del espejo,
tu cara de asesino perfecto.

Poeta Sandra Correa (Cartagena, Colombia)


El cuento en La Urraka

 

Hasta que la muerte nos una

    Elisa contempló en el espejo el tatuaje que cubría la mitad de su cuerpo. Iniciaba en su tórax y se extendía por la espalda. Había sido una imposición de Luis, como tantas otras que aceptaba por miedo a sus gritos y golpes. Nunca pensó que la decisión de alejarse de él terminaría en un balazo del que se salvó y del suicidio de este. 
    Estaba viva, se decía. Podía retomar los estudios y el trabajo, empezar de nuevo. Sin embargo, la figura de Luis sobre su cuerpo la atormentaba, en las noches creía sentir su respiración agitada, sus manos acariciándola. 
    Cuando tomó la decisión de alterar el tatuaje, las pesadillas se hicieron más frecuentes. En unas, él la observaba mientras dormía, en otras le cortaba el cabello. Con la primera sesión, en la pesadilla Luis alcanzó a cortarle el rostro. En la mañana, Elisa notó un leve corte en la mejilla, pero pensó que era una marca antigua que apenas percibía ahora. 
    Conforme avanzaban las sesiones, aparecían nuevos cortes que trataba de explicar de alguna manera. En la última sesión, en la que remplazarían los ojos de Luis con girasoles, la angustia no le permitió asistir a la cita. Sabía que las marcas no eran antiguas, incluso pensó que quizá Luis había fingido su muerte y ahora la torturaba a la espera del momento perfecto para matarla. Pero era consciente de que había visto el cadáver y la tierra caer sobre el ataúd. Recordó el puñetazo que le había dado cuando se negó a tatuarse. No lo dudó, ese adefesio era el causante de todo. Entonces, cambió de estrategia, le pediría al tatuador que grabara una daga atravesando el pecho de Luis. 

    A Elisa la encontraron días después en su alcoba, al parecer se había suicidado clavándose un puñal en el corazón.

Escritora Paola Inés Suárez (Cuento incluido en la próxima Antología Cuentistas Independientes II

Del Taller literario Hojas de hierba


Lo que solo las palabras gritan

Esa tarde cuando bajaba el sol 
el dolor empezó a jugar con mi cuerpo; 
cuando mis ojos mojados sin gotear 
se cerraban para no ser vistos, 
decidí salir y mirar desde afuera. 

Acostada empecé a recorrerme, 
me paré frente a ese viejo costal de huesos 
y miré con un poco de lástima: aún hay curvas, 
el cuerpo luce agradable, no hay problemas evidentes.

Me adentré un poco más.
Un dolor desgastante se aloja 
en esas partes que otorgan limitado movimiento 
y corre como niño hiperactivo por toda mi extensión; 
algunas píldoras lo resuelven.

Más adentro.
Una tristeza infinita vive cómoda en mi pecho, 
también duele.
Mis hombros parecen trabajar duro en la plaza de mercado.
Algo parecido a un corazón está agrietado 
y las pastillas esta vez no dan alivio.

El hombre que comparte mis espacios 
percibe aburrido a una enferma terminal.
Algunos quejidos salen sin permiso, trato de evitarlo.
¿Qué hace una mujer llena de vida cuando esa vida duele?

El oxígeno llena los pulmones y duele.
La cobija extremadamente suave acaricia y también duele.
Unas manitos llenas de amor consuelan 
y en un secreto eterno duele.
No hay consuelo.
No hay salida.
No se acerca el final, 
solo una interminable tortura que duele.

Poeta Gladis Castro (Cartagena, Colombia)

lunes, 3 de julio de 2023

Los escritores en La Urraka


 Misión imposible

El señor Alejandro me pidió una misión imposible. Ya ensayé tres probables soluciones y en todas ellas he tocado con pared. Qué digo pared. Un muro inexpugnable es la mejor descripción. Debo obtener un número telefónico. La persona que andan buscando, cuyo número debo obtener, no me dirige la palabra. En su momento, la esposa de este sujeto me demandó. Después de un proceso penoso y ruin, salí avante, y esta es la fecha que no han podido digerir ese viejo rencor, Carlos Gardel dixit. El que les haya yo ganado la partida supone el orgullo mancillado, y más allá de la injusticia que cometieron —porque me denigraron en los periódicos y trataron a toda costa que me despidieran de mi trabajo—, creo que les duele mi total indiferencia. No les guardo rencor. Simplemente me aparto de ellos. Como dicen que dijo Jorge Luís Borges: «…no busco perdones ni castigos, el olvido es el mejor perdón y es el mejor castigo». 
Le hice el encargo al compañero Epifanio. Pero le recomendé que no pida que le compartan el número telefónico (no se lo van a dar), sino que les dé el número del señor Alejandro y que ellos se comuniquen. Me da pena verme envuelto en esta situación, pero son las cosas que uno hace por amistad. El señor Alejandro y su familia viven en Cancún. Uno de sus hijos sufrió un accidente. Al parecer, derivado de este suceso, se fracturó un brazo. Se requirió cirugía. Todo bien, finalmente. Pero, ahora quieren agradecer a un santo —no sé a cuál—, el que todo haya salido bien y para ello deben ofrendar un exvoto y dejarlo en la iglesia. Parece ser que el cura les pidió una cucharita de plata. No me quedó claro por qué debe ser una cucharita, más bien yo supondría un diminuto brazo de plata. Pero el asunto es que dicho exvoto lo debe comprar el padrino de bautizo del joven. Es ahí donde entro yo. El señor Alejandro me pidió que hable con el padrino, y que le solicite el número telefónico para comunicarse con él. No tendría ninguna dificultad si el mentado padrino no fuera el tipo que me demandó hace ya algunos años y estuvo a punto de lograr su malsano propósito de que me despidieran del trabajo. No obstante, le dije al señor Alejandro que le iba a conseguir el dato.
—Oiga, yo no sabía… —dijo el señor Alejandro.
—Me parece que ya lo habíamos platicado.
—No me acuerdo.
El señor Alejandro sufrió hace poco más de un año un accidente cerebro vascular. Tal vez a eso se deba su falta de memoria. Porque más tarde, cuando volvimos a hablar me dijo que su esposa le había confirmado esa parte de la historia.
—Ya me lo recordó mi mujer —dijo.
—Ya ve usted.
—Esta pinche enfermedad me dejo todo atarantado.
El señor Alejandro es dueño de un abundante, expresivo y florido vocabulario. Cuando estaba en la fase de recuperación, por lo de su derrame, lo hice que mentara madres y dijera cualquier cantidad de groserías. Al terminar dictaminé: ya está usted bien. Se le entiende perfectamente. No arrastra la lengua y no hay problemas de dicción. El señor Alejandro soltó una sonora carcajada. Y en efecto, ese fue el inicio de su recuperación.
—Pero volviendo al tema de su encomienda —dije—. Va a haber problemas. Ya hice un primer avance. Me comuniqué con una maestra que trabaja en la escuela Morelos, de Agua Dulce. Ella trabajó aquí y era uña y mugre con el susodicho y multicitado. En consecuencia, debe tener su número telefónico, pensé. Nada, y lo mismo pasó con los otros maestros y amigos cercanos. Ayer intenté un acercamiento desde otro ángulo. La hermana de la esposa del interfecto. Me llevé la sorpresa de mi vida. Ni siquiera los familiares cercanos tienen acceso al número telefónico. Al parecer en su momento fueron extorsionados, y por este motivo no facilitan esa información a nadie. Pero más allá de eso, tienen un miedo casi patológico a mantener contacto telefónico con quien no sea parte de su círculo íntimo. Y a ese lugar de privilegio no entra ni la hermana de la señora. Donde se enteren que andaba yo buscando esa información, me van a señalar como probable extorsionador. 
El señor Alejandro mostró su inconformidad. Masculló un par de palabrotas. «Qué podemos hacer», dijo.
—No sé, usted diga… —respondí casi adivinando lo que me iba a proponer.
—Qué le parece —dijo—, si mandamos a chingar a su madre a mi compadre, y usted nos compra la cucharita.
—Me parece muy bien. ¿De qué la quiere?
—De plata, ya se lo dije. 
—Aunque fuera de oro, se la compro, con tal de no verle la jeta a su adorado compadre.
El señor Alejandro soltó otra carcajada.

Escritor Pedro Linares Domínguez (México)

martes, 18 de abril de 2023

Vida y nostalgía en La Urraka

TARZÁN, MENSAJERO DE El PADRE

Otto Ricardo-Torres

Lo que sigue tiene lugar en Sincelejo. 

Después de haber cursado dos años de bachillerato en el Colegio Pinillos, de Mompox, ingresé al Instituto Nacional Simón Araújo de esta también amada ciudad. Allí fuimos condiscípulos José Manuel Vergara, Adip Isaac, Emiliano Callejas, Giovanni Quessep y yo, con los cuales formamos la Tertulia de Montecarlo, con periódico y todo.

Pero no voy a escribir sobre el Colegio, sino de Tarzán, mi compañero guaguau de ese entonces a fines del bachillerato. 

En la casa humilde de nuestra propiedad donde vivíamos, de palma por más señas, había un patio grande, inmenso, con unos tres palos de níspero y otros árboles frutales más, de coco, entre ellos. 

Ya en el sexto año de estudios, a Tarzán me lo regalaron los vecinos, mis compadres, cuando todavía no había abierto los ojos porque a la madre le picó una culebra. Yo dormía en un cuarto aparte, también humilde, y el perrito al pie de mi cama, sin dejarme dormir y todo, por su estado. Yo me levantaba a intervalos durante la noche a darle su lechecita y, cuando ya abrió los ojos, por el olfato y la vista, ya él iba por su cuenta adonde estaba la leche.

Yo solía coger muchos nísperos y los ponía a madurar y repartía siempre entre todos los de la casa, incluyendo a Tarzán, que le encantaban. Y así crecimos, como padre e hijo.

Por las noches, después de cenar, solía ir al parque Santander de Sincelejo, a un kiosko donde vendían gaseosas y chocolate. Iba a estudiar ahí porque había fresco y luz abundante. Pedía una taza de chocolate y sendos panes para Tarzán, ya un joven hecho y derecho,  y para mí, él al pie mío. Y así durante casi todos los días lectivos de la semana. Cuando iba solo, al regreso le silbaba desde lejos y él salía a recibirme.

Tal nuestra rutina. 

Hasta cuando me vine a estudiar. Oh, infinita tristeza que aún me dura. Me vine a estudiar y, cuando me comuniqué con mi familia, me dijeron que Tarzán se había ido de la casa desde el mismo día en que yo salí de ella Y nunca más volvió. 

Quién sabe las veces que fue al parque, al colegio y a cuántos recovecos más de la ciudad buscándome el fiel hijo. Pero no regresó a la casa nunca más. ¡D-os!, ¡cuántas hambres, sed, frío, lluvia y sol, desamparo, sin un silbido ni un pan, ni níspero, ni un cuarto humilde con su cama y la compañía de su padre estudiante siempre vestido de blanco, camisa manga larga .. debió sufrir el dulce ángel, mensajero de El Padre Eterno para instruirme en el amor, que es el sendero más duro, pero cierto para volver a Él!

Desde entonces lo ando buscando, hace más de 50 años, por todos los rincones y calles de mi corazón, en pos de un olor, un rastro, ladrido, movimiento de su cola, restriegue contra mis manos y mis piernas.., pero nada. 

Así y todo, lo seguiré rastreando, ya con el mini consuelo de que allá en la eternidad, Tarzán, hijo mío, me ha de estar esperando, adoptado por El Padre, para ir a tomar chocolate en cualquier kiosko de la eternidad. Imposible que Allá no se les haya ocurrido tener una fotocopia del Parque Santander de Sincelejo.

Tal certidumbre o contentillo me aplaca estas lágrimas que he estado derramando ahora por primera vez en la vida de mi escritura. 

Usted qué dice , Padre, ¿sí será? Diga que sí, por favor.

Casa Esenia, octubre 19 del 2021-0ctubre 19 del 2022.
Octubre 12 del 2023.

martes, 14 de marzo de 2023

Poeta internacional invitado en La Urraka

Adrian Sangeorzan

 
2020

Este año debería haber sido borrado del calendario desde enero

Antes de que cogiera velocidad

Como una bola de nieve que crece rodando

Sobre las playas del mundo en las que estamos acurrucados

Creyendo que esta vez también nos salvará el sol.


Es verano, estoy sentado en la orilla del océano

Trato de hacer bolas de arena

Para convencerme de que también la nada tiene vida propia

Y que cuando nos envíen a Marte

Nos las arreglaremos igual de bien

Que los marcianos que alguna vez se nos metieron bajo la piel

Después de una glaciación fallada al milímetro

En la que la Tierra, creyendo que es la única estrella de la suerte,

Le dio la espalda a Cronos

Que devoraba a sus hijos nada más nacer.


 Este año que coge velocidad se le escapó de entre los dientes

Y nosotros miramos el cielo de su boca

Como desde una celda con rejas.

**********************************

Cementerio en Nueva York

Qué actividad febril hay en los cementerios

Se cavan tumbas día y noche

Se tiran huesos viejos y nuevos

Para los muertos enterrados a causa del dinero de las faltriqueras.

Sacerdotes y rabinos ofrecen la absolución

Para legítimas incineraciones

Hechas apresuradamente según las nuevas necesidades

Que ninguna fe las ha previsto

En estas extrañas circunstancias.

Desde hace mucho tiempo se sabe que el fuego purifica todo

Metes la mano en él y estarás limpio

Hasta de los pecados que no hayas cometido.


Si por casualidad has salido con vida

Puedes orinar en unas cuantas estatuas sagradas

Y en las madonas que rezaron por ti

Antes de que tú nacieras

Y que pudieras recordar.

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Señales de tráfico

Cuando el hielo se agrieta, deja escapar una nota tan alta

Asusta a las focas que salen a la superficie por una bocanada de aire.

En cada témpano desprendido de Groenlandia

Están los saxofones y tambores de cuero de mamut.

Pronto nos aislarán sobre ellos

Para improvisar canciones de cisne

Y marchas alegres para bodas y fiestas imaginarias.

Cuando llega a África, Charlie Parker se hace crujir los nudillos

Y prueba su saxo como un cuerno alpino en miniatura

Adelgazado por el gran deshielo de la nostalgia.

Un coco ha brotado en nuestro témpano

Y crece como una señal de tráfico con un significado desconocido.

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*Adrian Sangeorzan es médico estadounidense, poeta y escritor de ficción de origen rumano. Vive en Nueva York y trabaja como obstetra y ginecólogo. Publicó varias colecciones de poemas: Mundo enmascarado (2020), Lapso de memoria (2018), La Anatomía de la Luna (2010), Tatuajes en Mármol (2006), Voces en el filo de una navaja (2003), Sobre la línea de vida (2002). Es autor de las novelas Certificado de virginidad (2019), Exiliado del útero (2012), Entre mujeres (2016), Caminos (2017), El toque en el hombro (2015), Vitali (2008), El Circo Frente a la casa (2007), y Entre dos mundos: Cuentos de Médico de la Mujer (2005) 

Sus obras aparecen en varias antologías y revistas literarias en los Estados Unidos y Rumania. Es miembro del Movimiento Literario Internacional “Poetas del Mundo”. 

Adrian Sangeorzan fue invitado a la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, Alemania (2022), invitado del Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua (2018), de Gotemburgo (2014), invitado del Festival Internacional "Días y Noches de Literatura", un evento organizado por la Unión de Escritores Rumanos en 2011.  Sus poemas han sido traducidos al inglés, chino, francés, alemán, sueco, árabe, español, polaco, bengalí, vietnamita, uzbeko, italiano.

jueves, 24 de febrero de 2022

Las poetas en La Urraka: Kamila Pereira Hernández

 

Kamila Pereira Hernández


Regalo

Madre, abro mi ventana
y dejo que un hilo de sol
bese tus mejillas
cada mañana.

Una brisa tímida   
entra a la casa
sin tocar a la puerta.
Acaricia tu cabello
y tus ojos se iluminan
al oír el saludo
de la voz del río 
con acento de cañada.

Abriendo la ventana
te regalo el canto del ruiseñor,
mientras que las maríamulatas
despegan su vuelo
hacía los yarumos.

Te regalo hojas tiernas 
y flores del jardín,
para renovar el jarrón
de barro blanco
que reposa en la
repisa de la sala.

Al caer la tarde, 
para adornar tu melena,
corto una rosa blanca,
como en un lienzo
sobre un fondo de ónix,
la luna como un prendedor
con tu ropa de casa,
que luces como si fuera 
traje de gala
para tu ronda por el patio, 
bajo los mangos y palmeras.

Madrecita de cada día,
de todas las noches,
de estas horas que a tu lado
no pasan en vano,
te regalo estos mis libros,
estos mis cuadernos,
estos mis versos,
y esta, mi pluma,
con la que plasmo mis memorias
unidas a tus recuerdos,
para el encuentro 
de tu forma de ver 
con la mía de mirar.

Te regalo 
una mecedora,
para que repose tu espalda
del fardo de tus días
y tu cabeza cansada 
de pensar y pensar,
así tus lustros,
memorables en el sueño de la siesta,
viajen leves junto al viento.

Te regalo mi voz represada,
mi soledad franca y callada
y la melancolía que proyecta
un poco de dulzura 
en un hondo sentimiento.

¿Para qué más palabras,
si incesantemente amanece la mañana?

Para mi madre
abro mi ventana…
*****************************
Cansada

A veces me agota la cubierta 
de mujer enamorada
que atraca mi vuelo 
con el aire de mi voz
encaminada al viento
en busca del abrigo 
de tus brazos de yarumo blanco 
para que mezan mis recuerdos 
aunque una tarde resbaladiza
me hayan dejado caer 
de lo alto de las nubes
o de una estrella,
no lo sé.

Entre el ruido de las rocas
de su desistir de mí
espantando sabaletas y
palabras huidizas que no lo encantan. 
La poesía me ha despojado 
de ese amor inconcluso 
sin final memorable.
Sigo sus pasos por la ciudad y la provincia
busco su rostro entre los hombres
sus rasgos entre los hijos de los hombres 
en la ficción de los cantantes;
entre la música de los escritores
entre la poética de los pintores
no lo encuentro ni en los lienzos de los poetas; 
la poesía me lo arrebató del porvenir.

Me cansa ser mujer de su desdén.
Puedo ser aire, brisa borrascosa
que desarraigue la maleza, 
crecida en el patio de su cama
y entrar por la puerta de su médula
para escribir un poema sobre su espalda
con letras tejidas por mis manos
y recitar mis poemas  
hechos con fibras de mi tez
rasgando  su carne con un verso leído 
sílaba tras sílaba a su oído 
como deletreando 
con mi aliento en su espalda 
la enfática palabra
“tenerte”
 
En esa espalda encuentro 
galaxias súbitas, 
poesía vigente, espiral inhóspita 
recorrida por el goce y la lujuria
en el encuentro del amor hecho cuerpos
como si se cruzaran dos constelaciones
y toda la luz estelar corriera entre mis venas.

Mis manos tiemblan
marcando la hoja en blanco de su espalda
cuando abro las páginas de su entereza
y ante mis ojos, el libro de sus sueños
me dicta siempre el mismo final 
de nuestra historia.

Cuando observo su   espalda desnuda,
extendida en la penumbra 
como litoral nocturno
hace que sienta alcanzable
el horizonte de nuestras vidas 
que se dibuja 
en nuestros silencios y contemplaciones;
él será vino, yo seré el mosto.
*********************************
Estampas de mi barrio 
Inundación en Apartadó 
(Urabá, Colombia 2019)

El agua corre por la calle
los sumideros se atragantan
isla de lodo en los andenes.
En la  esquina  un vecino
único héroe del diluvio
sin capa y sin espada
arremete contra la basura
con una pala
de antemano vencido.

Las ruedas de autos y buses
flotan sobre las olas
salpicando paredes y puertas
ya las cortinas recogidas
y los trastos
emparapetados.

La chiquillada alegre
semidesnuda 
y despreocupada
brinca bajo la cascada
de los bajantes;
el chorro corona la testa
de plata y cristal
y en la piel acentúa su matiz
blanco o mestizo.

Las mujeres a baldados
devuelven el lodo
que los caños
metieron en las casas.

El viento se lleva la lluvia
y la regresa

¡Decídete viento
no juegues por mi barrio
con tu capa de lluvia
y tu antifaz de nubes!

Hace un mohín
el viento enfurecido
se marcha arrancando
tejas a manotazos
camino de las bananeras
a zarandear las hojas
a descuajar racimos
a doblegar la plantación.

Las horas y las aguas se escurren.
La calma después de la  tormenta
regresa entonando vallenatos
melodías del Cesar y La Guajira
territorios de cielos secos
acompañadas por el vaivén
de escobas y traperos.
*****************************
Enojada

De ver traficar la sangre
y cortarle las manos a nuestro hermano
con sueños enclaustrados
en pozo de servidumbre...

Me enojo cuando el mendigo
sacia el hambre  con un  pedazo de piedra.

Poeta enojada
por los magnates de pensamiento nefasto
que envían hijos ajenos a la guerra
y los regresan mutilados 
o ensacados de negro…

Son ladrones de cuerpos, 
y de sus futuros  
minando  el  campo de disensiones
contra la sociedad sin memoria
que lanza jabalina de culpa
contra el ser superior
ocultando la verdad necesaria, 
eludiendo la verdad reparadora.

¿Por qué mi enojo?
Porque somos como los muertos,
Que no oyen ni sienten.

Enojado poema 
que versa sobre el flagelo en la espalda
y en la planta de los pies del inmigrante
que busca un asiento de esperanza
pero su añoranza es sepultada
en territorio indiferente 
tierra humedecida de clamores
que bebe la sangre agotada
del desplazado interno
de extranjero errante
aferrado al morral 
donde portaba
trinar de pájaros
ecos del barrio
migajas de pan 
Mi enojo, os hará temblar.
********************************
Reencuentro con las calles del barrio 

Vuelvo a las calles del barrio
y los pasos de mi adolescencia
las surcan tatuados en ellas.

Las casas de paredes raídas
van perdiendo su traje de cal 
y la voz de los grafiteros
que la lluvia y el pincel del sol
vienen borroneando su memoria.

Los chicos corren descalzos
bajo el sol tropical de siempre
entre el mismo barro y los guijarros  
que un día laceraron mis pies.
*******************************
📌Kamila Pereira Hernández

Nacida en Turbo, Antioquia. Residente en Apartadó, Antioquia, Colombia.

Pintora y Poeta. 

Su obra ha sido publicada en antologías nacionales e internacionales. Ha participado en distintos Encuentros de Escritores y Poetas. XXXX Encuentro de Mujeres Poetas Colombianas (2017)

Galardonada con la Espiga Dorada en el lll Festival Internacional de Poesía y Arte. Perú (2018)

Obtiene el reconocimiento por ASORBAEX España. Por su talento, actitud, compromiso y participación como artista, promoviendo la cultura de igualdad. "Arte desde mi Rincón" San Vicente, Ecuador. 2020

Su poesía ha ha sido seleccionada y publicada en la antología internacional Writers' World. World Writers. (Escritores para el mundo, el Mundo de Escritores. Daca, Bangladesh.(2021)

Antología Donde Cantan los Grillos. Mujeres Escritora del Urabá. Apartadó Antioquia, Urabá Colombia. (2021)

Antología, No es posible la misericordia humana? Afganistán. Cajamarca, Perú. (2021)

Libro de poesía en edición. En el Ojo de la Sepia. Libro  de cuentos, digital. Caballo por Alfil .

lunes, 31 de enero de 2022

Aproximación a la poesía

Conrado Alzate Valencia

“¿Qué es poesía?”, es una de las preguntas más frecuentes que me formulan los lectores. Yo suelo guardar silencio por un rato, pues este interrogante parece fácil de responder pero no lo es, porque poesía son muchas cosas. No existe una sola definición, hay varios centenares. Casi todos los escritores tienen una opinión muy personal y respetable. Al respecto, Julio Cortazar señala: “La inteligencia se maneja con aproximaciones y establece relaciones y todo funciona muy bien, pero frente a ciertas cosas la definición se vuelve verdaderamente muy difícil. Es el caso muy conocido de la poesía. ¿Quién ha podido definir la poesía hasta hoy? Nadie. Hay dos mil definiciones que vienen desde los griegos que ya se preocupaban por el problema, y Aristóteles tiene nada menos que toda una Poética para eso, pero no hay una definición de la poesía que a mí me convenza y sobre todo que convenza a un poeta. En el fondo el único que tiene razón es ese humorista español –creo- que dijo que la poesía es eso que se queda afuera cuando hemos terminado de definir la poesía: se escapa y no está dentro de la definición”. Y Jorge Luis Borges estaba convencido de que definir la poesía era diluirla en palabras. Siendo así, ¿para qué definir lo indefinible? Y si vamos a explicar lo indefinible nos tenemos que apoyar en la aguda percepción de otros.  

Muchos han dedicado parte de su vida al estudio de  este tema y han escrito tratados y artes poéticas estupendas; veamos algunos: Cayo Valerio Catulo, Friedrich Hölderlin, Friedrich Nietzsche, John Keats, Mark Strand, Rainer Maria Rilke, Aldo Pellegrini, Conde de Lautréamont, Víctor Hugo, Paul Verlaine, Antonin Artaud, Paul Éluard, Jean Cocteau, René Char, Charles Bukowski, Rober Graves, Constantino Kavafis, Gustavo Adolfo Bécquer, Amado Nervo, Luis Cardoza y Aragón, Pablo Neruda y Jorge Teillier.  

En Colombia, este asunto también ha estado en el centro de las preocupaciones literarias de Porfirio Barba Jacob, José Asunción Silva, Aurelio Arturo, Eduardo Cote Lamus, Gabriel García Márquez, Jaime Jaramillo Escobar, Nicolás Suescún, Raúl Gómez Jattin, Hernando Téllez, Darío Jaramillo Agudelo, Jaime García Mafla, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, Juan Manuel Roca, Omar Ortiz Forero, Gabriel Arturo Castro, Jorge Cadavid, Hernando Guerra Tovar, Juan Carlos Céspedes Acosta, Federico Díaz Granados, Danilo Cruz Vélez, Roberto Vélez Correa, Rodrigo Acevedo González, Orlando Sierra Hernández, Juan Carlos Acevedo Ramos, Carlos Héctor Trejos Reyes, entre los que ustedes seguramente agregarán. 

¿Entonces qué decir ante estas revelaciones magistrales?, qué cosa nueva podemos agregar? No sé. Lo único que sé es que algunos tesoros bibliográficos como: Sobre el origen mágico de la poesía de Walter Muschg, Una mosca en la sopa de Charles Simic, Poética del espacio de Gaston Bachelard, La poesía ignorada y olvidada de Jorge Zalamea, El arco y la lira de Octavio Paz y Filosofía y poesía de la intelectual española María Zambrano, deben ser la lámpara que ilumine las ideas de los críticos y los rapsodas.    
              
La poesía es algo que se mueve, que camina por las calles 

“La poesía es algo que se mueve, que camina por las calles…”, dice con sorprendente naturalidad Federico García Lorca. ¿Y qué es ese algo que nombra liróforo español? Ese algo, pienso yo, es un poder que llega de afuera y toca al artista, lo sacude, aviva su percepción; le da alas para que pueda entrar a otros mundos y contar con palabras humanas su experiencia. La poesía es un influjo de la naturaleza, de los arcanos o el cielo, es una fuerza dinámica y fecundante. 

Y más aún, ese algo, que es la inspiración, la intuición, la imaginación, los recuerdos o lo que sea, posee a los elegidos (tal vez a los más sensibles) y los convierte en médiums, en intérpretes o amanuenses de lo divino. En ese momento: “…un encanto misterioso e inefable, una especie de magnetismo”, se apodera de ellos. Esto es lo que se llama “duende lorquiano”. Y una vez señalados, jamás podrán escapar de ese poder que cobra con la sangre y se adorna con las perlas más hermosas que se gestan en las adversidades y las heridas de los escogidos.      

El poeta es un ser ligero, alado y sagrado

Bien, Platón creía que “…el poeta es un ser ligero, alado y sagrado”. Ligero porque es capaz de moverse con agilidad por la naturaleza, alado porque puede volar por niveles más altos de conciencia que el hombre común. El poeta es alado como los pájaros. El canto de los pájaros encierra una belleza y un misterio incomprensibles; quizás por eso lo más parecido a la poesía son los seres inocentes y alados del viento. En conclusión, los poetas son sagrados porque son tocados por la voluntad divina, porque son la voz del cielo, los labios de los dioses en la tierra. Lo anterior lo interpreta mejor Stefan Sweig en La lucha con el demonio, con estas profundísimas palabras: “Por eso el poeta, figura ungida y a un tiempo maldita surgido del mundo, pero lleno de divinidad, está colocado entre los hombres y los dioses y está llamado a contemplar lo divino para ofrecerlo a los mortales en imágenes adecuadas a la vida terrenal. El poeta procede de entre lo humano, pero sirve a la divinidad; su obra es un apostolado, una misión; escalera melodiosa por la que baja al mundo lo divino. Solamente gracias al poeta la humanidad puede vivir simbólicamente en sus tinieblas lo divino”. En otra parte de Sweig, leemos con estupefacción esta preciosa línea: “Cuando los dioses callan, hablan en su nombre los poetas, para dar forma a lo divino en lo cotidiano”.

Pero la poesía es más que lo expuesto en estos breves renglones. El bardo caldense Fernando Mejía Mejía nos ha ayudado a comprender que ella es tránsito, estremecimiento, revelación y deslumbramiento. Octavio Paz, cree que: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior”. Además es, según el Nobel de Literatura mexicano: “…tiempo, rimo perpetuamente creador”. 
De todos modos, la lengua de los dioses es sencillez, conjuro contra los males del mundo, bálsamo para curar las heridas, fuente inagotable de belleza y de misterio, un lugar sorprendente para el alma. Es  en fin, el hombre y los mundos que él sueña.

Riosucio, Caldas, enero 19 de 2022

miércoles, 5 de enero de 2022

El coleccionista de baladas

El coleccionista de baladas

Por Conrado Alzate Valencia

Un mundo orwelliano

El libro “Un mundo feliz”, publicado en 1932 y escrito por el novelista, filósofo y viajero británico Aldous Huxley, vaticina la abolición, entre otras cosas de: la diversidad cultural, el arte y la literatura. Y eso es lo que está ocurriendo hoy. El verdadero arte está siendo remplazado por lo banal y lo vulgar. La gente está valorando más la antiestética que la estética, la estolidez que la inteligencia.

En “1984”, otra novela política de ficción distópica, publicada en 1949 por George Orwell, el autor también pronostica la supresión del arte puro y el ocultamiento del conocimiento: “Pero éste es el precio que debemos pagar por la estabilidad. Hay que elegir entre la felicidad y lo que la gente llamaba arte sublime. Nosotros hemos sacrificado el arte puro”. Y más adelante agrega: “No habrá arte, ni literatura ni ciencia” Todo lo anterior va acompañado de la manipulación de la información, la práctica de la vigilancia masiva y la represión política, impuestas por la Policía del Pensamiento al servicio del Gran Hermano. Ya las profecías se han cumplido. En estos momentos, vivimos en un mundo orwelliano.

Las baladas

En el setenta, ochenta y principios del noventa, décadas del siglo anterior, nosotros escuchábamos tangos, boleros, salsa y música romántica. Y les ofrecíamos baladas a las muchachas. En esa época, dedicarle una canción a una mujer era como enviarle una carta de amor o un maravilloso ramo de flores; se trataba de un regalo que generalmente nos abría las puertas de la amistad y del amor. Y la verdad es que las letras de estas canciones eran poemas sencillos y pegajosos. ¿Y quién no se doblega ante una espléndida creación poética como ésta del cantante y compositor español Emilio José?: 

“Tu nombre se está borrando / De la proa de mi barca / Ojalá que el mar pudiera / Borrármelo a mí del alma // Una copla marinera / Que de boca en boca anda / Aunque no le importe a nadie / Yo fui el primero en cantarla //Pero yo sí que lo sé / Yo sé dónde está esa barca / Medio enterrada en la arena / En una playa olvidada // Pero yo sí que lo sé / Yo sé dónde está esa barca / Medio enterrada en la arena / En una Playa olvidada // Yo sé también que hubo un hombre / Que puso rumbo a esa playa / Para abandonar allí / Recuerdos que le quemaban // Todavía el sol poniente / Arranca chispas doradas / Al viejo farol de cobre / Que cabecea en la playa // Pero yo sí que lo sé / Yo sé dónde está esa barca / Medio enterrada en la arena / En una playa olvidada (bis) // Tu nombre se está borrando / De la proa de mi barca / Nadie sabe que esta copla / Se me escapó a mí del alma”

Recuerdo muy bien que yo terminé mi bachillerato en la nocturna, porque en el día debía ayudarle a mi madre a vender sus mercancías. Y los viernes, algunos condiscípulos y yo, faltábamos a clase, pues nos íbamos para El Gloria, El Montecarlo, la Cabaña Marina y La Red, las tabernas más agradables de mi tierra. En estos sitios bebíamos ron hasta altas horas de la noche y fumábamos Marlboro, mientras escuchábamos a Óscar Golden, José José, Joan Sebastian, Leonado Favio, Sabú, Leo Dan, Sandro, Camilo Sesto, Víctor Manuel, Joan Manuel Serrat, Dyango, Valen, Albert Hammond, Hervé Vilard, Joe Dassin, Salvatore Adamo y Franco Simoni, entre otros artistas que le dieron un sentido mágico a nuestra briosa juventud. Oh, y las voces femeninas que acompañaron muchas veces nuestra bohemia desenfrenada: Silvana di Lorenzo, Mary Trini, Cecilia, Lolita, María Veranes,  Jeanette, Nada, Raffaella Carrà y Vicky Leandros. Solo para nombrar algunas a vuela pluma. 

En Viña del Mar, un balneario de mi pueblo, pasábamos algunas tardes y los fines de semana bañando, tomando cerveza y escuchando una de las voces más prodigiosas de la radio: Bismark Osorio Bahamón, Director de Extraimpactos viejitos de la desaparecida emisora Ondas del Nevado. Por este programa discurrían los solistas y las agrupaciones más célebres de estos tiempos inolvidables, que nos permitieron entrar al tímido reino de nuestros primeros amores. Pero de un momento a otro todo cambió: el mundo encantado que conocimos, se fue desmoronando en la niebla como un castillo de hielo.  

La música popular y el reguetón

Ahora bien, no sé quién o quiénes fueron los genios que llamaron a las baladas “Música para planchar”. O sea que degradaron esta música, sagrada para nosotros. Luego vino el auge de un género de la Costa Caribe: el vallenato, pero no el que narra las hazañas de los hombres de esta tierra, sino el comercial, el que canta a todas las caras del amor y desamor. No obstante, el vallenato es más aceptable que el ruido infernal de estos tiempos apocalípticos.

Después, perversamente impusieron la música popular y el reguetón, que generan copiosas ganancias. Ante este monumento de la estupidez, se reúnen multitudes adoradoras y enfermas, en una especie de exaltación vestal. Pero lo que no sabe la gente es que todos somos marionetas de alguien, utilería desechable. Y estos reyes del despecho o ídolos populares son idiotas útiles que el establecimiento toma para entretener la chusma, son una droga que controla las emociones; son, en fin, el “soma” que anunció Aldous Huxley en “Un mundo feliz”. Sin duda, este es el país del despecho y el “perreo”.

Con relación a lo que escuchan las personas de ahora, cada que las Centrales Obreras protestan por el pequeño incremento en la escala salarial, un polémico amigo señala salerosamente: “El que ve todas las novelas y los realities de Caracol y RCN y escucha reguetón y música para caballos, no merece ni el mínimo”. 

El coleccionista de baladas

De estos temas y de otros, suelo dialogar constantemente con un hombre noble, trabajador, inteligente, memorioso y muy cercano a mis gustos. Se trata de mi hermano, un filósofo sencillo de la existencia, quien discurre por la clandestinidad, sin ningún ánimo de reconocimientos. Darío (nombre persa, cuyo significado es el siguiente: “el que posee el Bien”, “el que mantiene el Bien” o “el que protege contra el Mal”), es un coleccionista silencioso de baladas, custodio y amanuense de verdaderos tesoros, inexistentes para muchos. El posee, por ejemplo, a José Luis Perales en alemán, a Sandro en español, portugués e italiano; a  Julio iglesias en español, portugués, francés, italiano y alemán. Y dentro de sus joyas brillan las canciones en portugués de Nelson Ned, Roberto Carlos, Nilton César, Marcos Roberto, Heleno, Danny Cabuche y José Luis Rodríguez. Y en su  colosal fonoteca también sobresalen Raphael y Charles Aznavour en varios idiomas. 

La música ha sido para él, desde muy joven, entretenimiento, poesía, tabla de salvación y lenitivo para sus heridas y su soledad. Jamás he visto a alguien tan aleccionador, tan reverente y sensible con los milagros del arte como este melómano de todas las horas. “A mí me gustan las baladas, porque ellas nos cuentan bellamente en un poco más de tres minutos media vida”, expresa con mucha seguridad. Otras veces indica: “Lo más detestable es que los viejos, quienes crecieron con los tangos, los boleros, las cumbias y la música romántica, ahora escuchen y canten a grito herido reguetón  y música popular”. Y, cuando se va de este mundo un baladista que nosotros admiramos, él inmediatamente me llama y me comenta con evidente nostalgia: “¿Sí sabía que acaba de morir otro cantante?”. Y yo le respondo: “¡Qué lástima, hermano, definitivamente el mundo se está quedando sin voz!” 

Es de advertir finalmente que, gran parte de los discos compactos que poseo en español, portugués, inglés, francés, italiano y alemán, se los debo a él, quien siempre tiene la paciencia y el cariño suficiente para grabar los temas de mi preferencia.

Con estas breves, “… humanas, míseras palabras”, para decirlo con el poeta Aurelio Arturo, deseo tributarle un pequeño homenaje al Coleccionista de baladas, un ser hecho de música como el río, como los pájaros de la mañana y estas montañas legendarias.   

Riosucio, enero 2 de 2022

lunes, 13 de diciembre de 2021

Divagaciones sobre la escritura poética


Poeta y aldeano

Divagaciones sobre la escritura poética

[A mis Maestros amigos, Juan Carlos Céspedes Acosta y

Argemiro Menco Mendoza. Y viceversa]

Otto Ricardo-Torres

... Voy a hablar del acto de escribir en el que es realmente poeta; lo que le ocurre al poeta en el acto de escribir, eso que algunos –y hoy casi todos- corrieron a llamarlo inspiración, palabra que ya no se puede pronunciar si es que nos queremos librar de un linchamiento. Si no nos ponemos en situación, es decir, atentos al caso, esto puede ser un ‘ladrillo’. No obstante, antes de rehusarlo hagan memoria fina de cada uno en sí mismo y de la biografía interior de los grandes poetas. Hay ocasiones en que estas circunstancias no se corroboran verbalizándolas, sino haciéndolas. O el HACER como la única forma de SABER. ..

Supe de los toltecas hablando de AQUÍ y AQUÍ y no de Aquí y Allá. Creo que todos hemos pasado por esa situación. Por supuesto que los Maestros lo hacen a voluntad cuando ‘se enfocan’ en varios lugares de tiempo o de espacios, o de espacio y de tiempo diferentes y al mismo tiempo. 

DISTINGAMOS dos situaciones: cuando nos acordamos o alineamos o enfocamos en un lugar pasado o presente, estando únicamente Allá; y cuando nos vemos y estamos simultáneamente en dos lugares distintos. Seguramente a muchos de ustedes les ha pasado, sino que, a pesar de lo sorprendente, solemos archivar estos sucesos sin detenernos en ellos. Hagamos inventario estratégico de nuestra vida y lo recordaremos. 

A eso, los toltecas le llaman ACORDAR o ACORDARSE, que es distinto de RECORDAR. ‘Recordar’ es hacer memoria desde aquí lo de allá, REMINISCENCIA; ‘acordar’ o ‘acordarse’ es estar aquí y aquí, esto es, en varios ‘aquí’ al tiempo, o trasladarse a ese no lugar y participar en el propio tiempo y circunstancias de entonces sin dejar de estar en su aquí del comienzo. 

Dada la singular acepción, creo que en este caso el régimen del vocablo ‘acordar’ o acordarse’ no sería ‘acordar o acordarse’ DE, sino ‘acordar o acordarse CON’, como en ‘Estar de acuerdo o en acuerdo con’. En este caso, el verbo coincide con el empleo que se hace de él en música, mediante los ‘acordes’. Su etimología está del lado de ‘acordar o acordarse’ CON, pues viene de ‘ad’, ‘al lado’, y ’cos cordis’, ‘corazón’: ‘corazón al lado de, o simultaneidad, ‘ad cordis’. (Aunque se podría pensar que en el caso de la música, el ‘acorde’ sea cuestión de ‘cuerdas’). José Ortega y Gasset, el máximo ensayista en lengua española para mi gusto, da una bella definición de AMOR en términos de “Corazón junto a corazón, concordia”. Y, por supuesto, como él sabía de latines, está empleando ‘concordia’ en su valor etimológico, con el sentido de ‘co cordis’, simultaneidad del corazón: AMOR, concordia del corazón: ‘corazón junto a corazón’. 

Este empleo se aviene con el de ‘acordar o acordarse’ y con ‘acuerdo’.

Sin ser exactamente un ACUERDO, dicen que mi admirado Rey David solía hacerlo. Se sentaba y empezaban a atronar en todos los cuerpos de su ser caminos y batallas, salones y reuniones con los enjambres de las tribus, tales cuales, mas no ‘como si las estuviera viviendo’ sino sin el ‘como’.

A lo que vengo es al caso que sí se puede citar, el de los poetas (incluidos los narradores, por supuesto) sobre todo los aedas y rapsodas de la época homérica y de siempre. Comentan los rapsodas, ION, por lo menos, que cuando están ante el público cantando, los hexámetros de aquellas obras en las cuales había especialistas de cada una de ellas, uno es el que está parado ante el público y ese mismo el que está inmiscuido en los escenarios y escenas vivas del canto, del contenido del canto, allá en su entonces. Uno de los símismos apenas si se da cuenta, porque queda en estado zombi para no interrumpir el flujo de la memoria del rapsoda. 

No es del todo igual al aquí y aquí tolteca realmente, pero casi.

Ahora bien, al crear poéticamente, unos lo hacen como tecnología, ‘de oficio’; a estos no me refiero. Otros no lo hacen, sino que dejan que el texto se haga en ellos. Estos son. Y es cuando el poeta lo es porque él no es realmente el responsable sino únicamente de la escritura; lo demás ya le va siendo dictado. Y su maestría estriba en mantenerse atento al dictamen, sin entrometerse, sino dejando que la voz intrusa diga lo que venía a decir tal cual. A ese par de simultáneos, uno y distinto en el mismo, lo he llamado ad hoc, POETA Y ALDEANO. A este, el amable e inocente aldeano, me refiero jocosamente como el ‘ñero’ (‘aldeano’) ortónimo u homónimo del poeta, sin nada de peyoración.

En el artista se dan esas dos entidades simultáneas, la del aldeano y el poeta, dos maneras del aquí y aquí.

Cuando he hablado de evitar el autor en la ñerocrítica, no es por apartar al crítico de la amistad con el autor Fulano de tal, sino para invitarlo a que se ocupe del autor poeta y no del autor externo, del ñero o aldeano, del Fulano, que no es el que crea. El autor poeta es ya, por supuesto, parte principal de la creación, dado que él es quien agencia o hace la creación. A él se está uno refiriendo cuando examinamos al poema en el seno de este y no desde afuera. Si analizamos realmente y sin evasivas la artisticidad del texto, ahí mismo estamos rindiéndole homenaje al autor, pero al autor intrínseco en el poema, no al ñero. El autor intrínseco es el factor más importante de la creación, porque él es creador y criatura en, dentro de su obra. 

(El ñero es el de la reciprocidad del sancocho y el del uiski debajo del paloemango, que es en el que está pensando el ñerocrítico).

Generalmente los artistas no hablan de esto, a menos que el ambiente sea propicio. Y no hablan de esto porque la mayoría de la gente solo habla del poeta Fulano, como si Fulano fuera realmente el poeta y no el mismo fulano, pero otrado en la realización de su oficio sacerdotal. Creo que de esto ya he escrito bastante, aunque insisto. 

En el verdadero poeta, sea de la especie artística que fuere (a todo eso lo llamo ‘poeta’, pues igual ‘crea’ el que narra, hace teatro o cine o poemas), se da de manera fidedigna, el aquí y aquí, a su manera. Porque se trata de dos unomismo, sin ser dos, pero tampoco el mismo siempre. Cuando el real poeta escribe, el otro uno mismo no sabe qué es lo que quiso decir el aquel; tampoco este, porque está dentro, en unidad con la escritura. Únicamente la escritura, lo escrito, sabe qué es lo que el artista ha dicho o hecho. 

El verdadero poeta evade o no le gusta hablar de esto porque lo pueden chiflar.

Claro que hay casos contundentes, y no sé si pueda citar a Kafka con su Metamorfosis; tal vez también a Rilke, el de la Canción de amor y de dolor del capitán Cristóbal Rilke”, a Pessoa en sus poemas extensos, a José  Asunción Silva, el que tuvo que soportar la angustia inefable de su canto bailándole en sus dos noches elegíacas: las de “Una noche” y “Esta noche” .. de su sin par “Nocturno”. Y tantos otros. Sino que no todos los artistas dan en declararlo, o por modestia, por todo lo contrario, o porque no se han detenido a reparar en ello. 

Yo quisiera decir que ninguna obra realmente poética es escrita o realizada de una manera distinta. Por ejemplo, en García Márquez Cien años de soledad fue la culpable de haberlo encerrado los meses que estuvo en el calabozo de su casa de México escribiendo. Y no el ñero o aldeano, ‘el de civil’, García Márquez común y corriente, sino el garcíamárquez cienañosdesoledad o autor. De no haber sido así, quién, qué lo obligaba. Genio al fin y al cabo, hundió todo el cuerpo en el misterio y se dejó atrapar sin miedo. Si no, pregúntense: ¿sabía este autor lo que tenía que escribir? No. ¿Ya tenía claro lo que debía escribir? No. ¿Se predispuso a decir esto y lo otro antes de escribir? Dijo que tuvo que entregarse o someterse, ‘a ojos cerrados’, a lo que las urgencias caóticas de la obra le obligaron a escribir. ¿Y por qué le obedeció a todo ese fantasma metafísico o cuasi? Ya él ha dado la respuesta varias veces. Y muchos otros también.

Ser conscientes de esa inconsciencia al escribir, al bailar, al cantar, al pintar, al componer música o jardines, casas, mansiones, escenarios .. es el secreto, es el misterio, el sancta sanctorum del artista. En el seno de ese ámbito invisible para los demás, y solo allí, inmerso en la idéntica unidad de sentimiento y de conciencia, es el lugar en el cual el artista iluminado recibe la revelación y la pule y le hace los remiendos o arreglos que ella, la obra, pide o solicita. El haz y el envés de la hoja son su manera de decir su aquí y aquí.

En fin .. Siempre .. ¡siempre!, me he preguntado en las distintas ocasiones del oficio, por qué las criaturas de talento le sacan el cuerpo al misterio y por qué no son capaces de enfrentarlo, interrogarlo, hundirse en él, tal como lo hicieron todos los que, por haberlo hecho así, fueron grandes. Creo tener un conato de respuesta, pero la dejo para mí, porque “los actos de darse cuenta son siempre personales”.

Nueva Casa Esenia B’H, diciembre 5 del 2021

domingo, 26 de septiembre de 2021

El cuento en La Urraka: Escritor Pedro Linares Domínguez

Visita inesperada.

Nos tocó volver a la escuela en medio de la tercera ola de coronavirus. Los niños no asisten a clases. Pero los maestros cumplimos con hacer guardias y trabajar a distancia.  La escuela limpia, el patio desbrozado a la sombra de los altos pinos donde se enreda el viento. «Andan días iguales, persiguiéndose,» diría Pablo Neruda. Días monótonos bajo un tórrido sol de estos últimos días del verano. El patio está alfombrado de agujas de pino. Terminada la jornada, después de despedir a los pocos maestros que asisten me dirijo al salón del fondo. El único provisto de aire acondicionado.

Antes de abrir la puerta la veo venir por el pasillo. Es una joven hermosa, la cara velada con un cubre bocas, enfundada en unos magníficos pantalones blancos, que camina como si viniera pisando cáscaras de huevo. Lentamente me reacomodo el cubre bocas (lo llevaba enredado en el cuello) y retribuyo el saludo distante con una zalema.
—Soy la licenciada Ana Paula Rivera, de la dirección general.
—Encantado, licenciada, ¿en qué puedo servirle?
—¿Es usted el director?
—Sí, naturalmente.

Sus ojos, de un café claro, son preciosos. Tiene en la frente un leve, levísima, rayita vertical, que le imprime carácter a su rostro, que —a través del cubre bocas— imagino armonioso y dulce.
—Andamos monitoreando las escuelas. En qué condiciones están, si vienen a clases los niños, en caso de que no sea así, cómo han organizado sus actividades los maestros…
Abrí la puerta y la invité a pasar. En una esquina del salón, sobre el escritorio, el tablero de ajedrez con las piezas dispuestas. Noté que el juego le llamó poderosamente la atención. Pero no dijo nada al respecto. La invité a tomar asiento. Sacó de su bolsa una libreta y fue anotando las respuestas un formulario. A renglón seguido, a través de su celular subió los datos a la plataforma de la secretaría. Después se estiró en la silla y con un suspiro dijo:
—¡Qué lindo está aquí!

El salón es luminoso y limpio. A un costado del escritorio hay una mesita con los libros que he ido leyendo en el transcurso de nuestro confinamiento. Y el clima artificial establece una diferencia notoria entre el salón de clases y el tórrido ambiente exterior. 
—¿Juega usted ajedrez? —dijo inopinadamente.
—Hace algún tiempo. Ahora solo estudio a través de los libros. 
Tomé el libro que estaba en la mesa, a un lado del tablero. «Ajedrez lógico», de Irving Chernev. Se dice que es una obra para principiantes, pero tiene algunos análisis que me parecen demasiado sutiles para quien apenas se inicia en el juego ciencia.  La invité a sentarse junto al escritorio, y sin venir a cuento empecé a explicarle los nombres de las piezas, sus diferentes movimientos y algunos aspectos de una partida de ajedrez. Era evidente que no estaba entendiendo nada, pero se mostraba interesada. 
—Qué bonita está su escuela —dijo, mirando el patio a través de la ventana.
—Cuentan que hace mucho tiempo, todo esto era un cementerio —dije.
—¿Y no le da miedo estar aquí solo? —sonrió por debajo del cubre bocas.
—No. Y eso que se cuentan historias.
—¿Historias?
—Se dice que por las tardes, o en los fines de semana, cuando la escuela está vacía, deambula por los salones una niña con una profunda herida en la frente. Algunas personas la han visto. Me parece una leyenda demasiado trillada para ser cierta.
—Una niña, dice…
—Sí supongo que una niña en edad escolar. Bueno, eso me han dicho los que supuestamente la han visto.

Sonó el teléfono de la joven. Para contestar la llamada se bajó el cubre bocas y tuve así la oportunidad de ver su rostro completo. Era guapa. Todo el conjunto de su cara hacía juego perfecto con la hermosura de sus ojos. Al parecer no le gustó lo que le decía su interlocutor porque hizo un gesto de fastidio. Cortó la llamada y me dijo: se adelantaron, se fueron sin mí. Me explicó que se habían dividido el trabajo. Los auditores que la acompañaban habían ido a las otras dos escuelas de la comunidad. Ella decidió hacer la inspección aquí, y habían convenido encontrarse en el parque central. Pero por alguna razón se adelantaron y estaban en un restaurante de la orilla del río. Me dijo el nombre del establecimiento.
—Si gusta, la puedo llevar —le dije.
—Si me hace usted el favor —dijo.
Mientras la chica me esperaba frente el salón de clases, dispuse nuevamente las piezas sobre el tablero (las había desorganizado para mi pequeña clase maestra). Apagué los climas y cerré la puerta. Pero antes de correr el cerrojo miré, a través del vidrio de la ventana, el tablero de ajedrez sobre el escritorio con las piezas dispuestas. Movido por un extraño impulso abrí nuevamente la puerta, fui hasta el escritorio y moví el peón de dama a la casilla d4.
—Se ve más bonito así, ¿no cree? —le dije a la joven.
—Sin duda alguna —dijo.

Afuera, frente al portón de la escuela estaba su camioneta. Abrí la portezuela y me arrellané en el asiento del copiloto. Ana Paula entró a la parte posterior y guardó sus notas en un portafolio y acomodó un buen legajo de documentos. Ya no se bajó del vehículo. Pasó las piernas y toda su espléndida anatomía ante mis narices, a través del espacio de los asientos delanteros. Una vez acomodada frente al volante me miró y sonrió.
—Perdón —dijo, pensando quizás en el desorden mental que me había provocado.
Llegamos al restaurant. Ahí estaban sus compañeros ya en la mesa. Dos hombres y una mujer. Ana Paula los recriminó amistosamente al unirse al grupo y yo me despedí antes de que me invitaran a quedarme.

Justo al salir del restaurant me alcanzó Ana Paula.
—Si gusta lo puedo llevar. Al fin que ya conozco el camino.
Le agradecí la amabilidad y volví a subir al auto. En esta ocasión, la joven no me hizo la grosería de la vez anterior: subió por la puerta delantera. Se detuvo frente al portón de la escuela. Me despedí de ella apoyando mi mano en el pecho, como nos enseñó Esteban Moctezuma (el anterior secretario de educación) y abrí la hoja principal del portón. Caminé por el andador hasta el edificio de la dirección, doblé a la derecha, al llegar a la plaza cívica me bajé al césped. Sentí bajo mis pies la mullida alfombra de agujas de pino. Me acordé de la muchacha, la licenciada, quiero decir. ¿Por qué caminará tan chistoso? Bajo un calor de los mil pingos abrí la puerta del salón. Ingresé con los brazos extendidos, disfrutando de la frescura interior del aire acondicionado. Hubo algo así como un chispazo en mi interior. Como un timbre, una alarma. Los dos climas inundaban el ámbito con su murmurante frescura, y yo estaba seguro de haberlos apagado. Pero bueno, pensé, a lo mejor me confundí, y sin darle mayor importancia al asunto tomé asiento frente al tablero de ajedrez. 

Abrí el libro de Irving Chernev retirando el separador. Un helado malestar me invadió al
fijar la vista sobre las piezas del tablero. Algo había cambiado. El peón de dama estaba emplazado en la casilla central. Pero el caballo del alfil del rey de las negras había sido desplazado a la casilla f6. A lo lejos escuche un ruido como si arrastraran tambos vacíos. Me asomé a la puerta y la vi. Era una muchachita como de doce o trece años. Estaba parada bajo uno de los árboles del fondo. Llevaba un vestido blanco, percudido y desgarrado. Parte del cabello le caía sobre el rostro y en su frente se apreciaba una profunda herida. Un hilo de sangre le corría por la mejilla. Cuando me miró se alarmó y empezó a desplazarse. Su manera de andar era horrorosa: desgarbada, con los brazos caídos y la cabeza girada de una manera extraña. Dio unos pasos y se perdió en uno de los pasillos entre dos aulas.

—¡Santo Dios! —exclamé antes de perder el conocimiento.

Escritor y docente Pedro Linares Domínguez. México