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Edición N° 33


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Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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sábado, 2 de mayo de 2015

La Urraka al servicio de los escritores

La poetización de la cotidianidad

Por Nadim Marmolejo Sevilla

Nunca se sabe, a ciencia cierta, de dónde viene la inspiración. Sin embargo, a muchos se nos da por decir que de las musas ante la imposibilidad de señalarla con el dedo. Como si se tratara de un sitio en el mundo, un origen remoto que no alcanzan a distinguir bien los que ignoran la mitología griega. Pues bien, la del poeta caldense Juan Carlos Acevedo Ramos (Manizales, 1973), viene en gran medida de la cotidianidad. Su obra poética, en general, acoge con esmero los sucesos comunes y simples de un entorno montañoso que lo abriga y lo seduce.

Cada día vivido lo mantiene vigente en su memoria. Una prueba de ello es el libro de poemas “Los amigos arden en las manos” donde su capacidad de hablar de la propia experiencia como si fuera la del contertulio o pariente queda al descubierto. Al igual que su habilidad de resucitar los memorables acontecimientos del verano del 90 en compañía de sus amigos Jorge, Marco y Alejandro, descritos en el poema “Palabras de arena”.

En “Ritos y silencio” los amigos no saben hacer otra cosa que lavar tus heridas y beber tus lágrimas. Y son
los únicos que tras el olvido al que los sometes, esperan… La fantasía se convierte aquí en la encargada de devolvernos a la realidad para reconocer con vergüenza y tristeza a la vez que solemos salir volando a los funerales de nuestros amigos y no a las fiestas que se inventa para vernos y poner al día la agenda de la vida. Como si no supiéramos ni temiéramos que la muerte nos gana la partida siempre.

Nada pasa desapercibido antes los ojos del poeta Acevedo Ramos, pese al empeño de las vicisitudes por apoderarse de su atención. Las calles, las esquinas, los bares, las plazas, los barrios son los escenarios de los eventos que luego convierte en poemas al volver al remanso de la soledad alcahueta de la habitación donde escribe. Así nos demuestra que el mundo es eventualidad y ajetreo, no un globo de helio a merced del viento.

Juan Carlos Acevedo Ramos va por el mundo pendiente de todo, como el faro que vigila el horizonte inmenso con su luz exploradora. Por eso sus poemas están cargados de detalles que solo son descubiertos por los mejores expedicionarios. Y están construidos con un lenguaje propio de su tiempo y una lealtad a toda prueba hacia sus sentimientos y forma de ver la vida actual y pasada.

Esto último es posible verificarlo en libro “Los huéspedes secretos” donde la distancia de los siglos no es óbice para lograr el cometido de reflejar con nitidez al gran general apaciguador de los bárbaros del Japón (S. XII) en su poema El último Shogún (pág. 24).  Igual ocurre con los poemas “Regreso al árbol de la infancia”  y “conversaciones en el solar”, que abarcan una época inolvidable y nos reafirma que “afuera la vida es implacable y perversa, /llena de fortuna o llanto”, por lo tanto, nunca inmóvil, ni rutinaria, como creen muchos, sino en constante transformación.

La obra de Acevedo Ramos tiene el grande valor de ser interesante. Desafía a los que dicen que ya no es posible la sorpresa en estos tiempos de fácil acceso a lo más profundo de la historia de la humanidad mediante la internet. También demuestra que es posible defender y proteger el decoro del lenguaje de los afanes modernos. Además de salir airoso del reto de inspirar a los lectores a ver el mundo de otra manera. Lo que se constituye en un premio a su convencimiento, como el todo soñador, de que la poesía lo puede todo.

En lo personal, Juan Carlos Acevedo tiene a su haber la inapreciable condición de comprender que los tiempos cambian. Es consciente de las vueltas que da la vida y los nuevos rumbos que a diario toma el pensamiento humano, la cultura general, las artes mismas. Un modo de ser que hace visible en los contenidos que le publica Papel salmón, la separata cultura del periódico La Patria de Manizales, acerca de las creaciones que le son o no de su gusto. Y en las conversaciones con los amigos o las personas con las que toma café o lo paran en las esquinas.

Su obra poética no reclama tener la razón —que según Camus es signo de mentes vulgares—, es un acto de nobleza y de amor por las letras que bien valdría la pena no pasar por alto de ninguna manera.
COLETILLA: “Mucho de lo que llevamos dentro solo es visible para los de afuera” —Antón Delamar.

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