Bienvenidos: Revista La Urraka Internacional
Edición N° 33


Portada:
Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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viernes, 19 de diciembre de 2014

El cuento en La Urraka


LAS TRES PIEDRAS MÁGICAS DE ANTONIA

Por Diógenes Armando Pino Ávila

Fue a comienzos de diciembre, cuando llegó mi hermana. Ella trabajaba de enfermera en el hospital de un pueblo cercano al nuestro. Llegó de descanso por cuatro días. Con ella trajo a Antonia, una negra esbelta de escasos 15 años de edad.

La presencia de Antonia en la casa, desde un comienzo me perturbó. Era de espigada estatura. Sus labios eran carnosos y rosados y resguardaban unos dientes blancos, que en todo momento mostraban una sonrisa alegre.  Su vestido estampado en flores rojas, parecía que fuera dos tallas menos para su cuerpo, ya que sus turgentes senos, querían romperlo, reclamando una libertad que yo esperaba celebrar. 

Cuando llegó Antonia yo tenía 12 años de edad y una inocencia total en cosas del sexo y del amor, pero desde que la vi por primera vez, sentí que un volcán empezaba a rugir en mi pecho y una tempestad de sentimientos, hasta ahora, desconocidos comenzaron a acompañar mis sueños.

Mi hermana comentó que Antonia se había ennoviado con el capataz de la finca donde trabajaba su mamá y que este contaba con esposa y cinco hijos. La mamá de Antonia le pidió que se la trajera hasta que fuera necesario. Tenían que alejarla de ese ambiente y esperar que se le pasara el enamoramiento. Por eso Antonia vivirá en la casa ayudando en las labores domésticas y por las tardes asistiendo a la escuela a terminar la primaria.

Antonia se ganó el cariño y la simpatía de mis tías abuelas, la de mi mamá y la de mis hermanas y de mí se ganó todo: mi afecto, mi corazón, mis sueños e ilusiones.  Enseguida entró a formar parte de la familia y todos cariñosamente pasamos a llamarle Toña, era como si hubiera vivido con nosotros toda la vida. Ella alborotaba la casa con su risa franca, contagiando a todos de su sana alegría. Se volvió imprescindible, Toña acompañaba a mamá a hacer las compras y compartía con mis demás hermanas  los quehaceres de la casa, 

Toña entraba temprano a mi cuarto, me tironeaba cariñosamente por un pié para despertarme y se sentaba en mi cama a masajearme la espalda, para según ella, quitarme la pereza mañanera. Sus masajes y sus palabras me despabilaban, a tal puno que todo el día estaba lleno de una energía y actividad inusual.

Una mañana, después de masajearme, me preguntó: «¿Sabes guardar secretos? ». 
«Si! » −me apresuré a contestar.
« ¿Seguro que si te digo algo, no se lo dirás a nadie? » –insistió con voz queda y misteriosa.
«¡No, no se lo diré a nadie—dije con seriedad− Lo juro! »

Metió su mano dentro de su escote y sacó un pequeño pañuelo anudado y con voz teatral me dijo: 
«¡Guárdame esto, por favor. No se lo muestres ni se lo comentes a nadie! »
«¿Puedo ver lo que contiene? » —dije tomándolo.
«Si» –contestó y salió de mi cuarto.

Cerré la puerta, desanudé el pañuelo, dentro de él había tres piedrecillas de río, del tamaño de una canica. Eran blancas y lisas. Nada extraordinario. Las contemplé por largo rato, tratando de desentrañar el misterio sin poder lograrlo. Las oculté en el fondo de una gaveta de mi mesa de noche y las cubrí con el desorden de cosas raras que coleccionaba.

Ese día, después de la cena, cuando todos pasaron al aposento a rezar el rosario, se acercó y me dijo con voz cómplice: 

«Esta noche no le pongas seguro a la puerta de tu cuarto. Te voy a visitar para contarte el secreto de las tres piedras» —Me dijo y entró a rezar con mis hermanas.

Esa noche me acosté como de costumbre, pero la inquietud no dejaba conciliar el sueño, leí mis textos escolares hasta aprender de memoria los temas del día siguiente. Miré el reloj, eran las doce de la noche. Apagué la lámpara y me quedé dormido.

No sé qué hora era cuando la sentí acomodarse a mi lado, me abrazó con ternura y besó mi nuca. Me volví hacia ella y me abrazó ardorosamente, recostando su esbelto cuerpo contra el mío. Me puso un dedo sobre los labios, pidiendo que me callara y comenzó a contarme la historia de las tres piedras.

«Un día, caminando sola por la orilla del río que cruzaba la finca donde vivía, se me apareció un niño muy parecido a ti, y me dijo: Un duende te persigue, busca tres piedras blancas, las anudas en tu pañuelo, las guardas entre tus senos o se las das a guardar a la persona en que más confíes y el duende no te hará daño. Desde entonces, dijo, tengo en mi poder las tres piedras, pero por temor a perderlas te las confiaré a ti. El problema es que tengo que tocarlas por lo menos una vez todas las noches, para que no pierdan el poder. Por tanto te pido, no le pongas seguro a la puerta de tu cuarto, que todas las noches vendré a tocarlas» 

Me besó en la frente, me apretó contra su cuerpo y me pidió que la abrazara, al rato me preguntó si no sentía calor, que ella se estaba sofocando. Tomó una cerilla y encendió una esperma. Se sentó en la cama y comenzó a desvestirse, hasta quedar completamente desnuda ante mí. Iluminada por la luz de la esperma, me mostraba unos pezones rebeldes que desafiantes apuntaban hacia mi cara. Su vientre plano brillaba bajo la tenue luz, sus largas piernas entre abiertas atraían mi vista, me deleité mirándola desde la punta de sus pies, hasta su hermosa cara morena. Si, parecía una princesa negra tallada artísticamente en ébano.

Se acostó a mi lado y comenzó a desnudarme, dándome besos por todo mi cuerpo, mientras su cuerpo se estremecía y se pegaba al mío. Sabiamente tocó mis partes íntimas. Se acaballó sobre mí, y comenzó un galope desenfrenado. Llevaba mis manos hacia sus senos, pidiéndome que los acariciara. No sé cuantos minutos u horas estuvimos galopando, solo sé que el galope terminó con una explosión de sensaciones, besos, quejidos y espasmos que me elevaron al cielo en un éxtasis nunca antes sentido.  Acezante se acostó a mi lado, desfallecida, sin fuerza, callada, y nos quedamos dormidos. No sé tampoco a qué horas salió de mi cuarto, cuando desperté ya no estaba.

De ahí en adelante, todas las noches, sin faltar ninguna, llegaba a ver sus piedras mágicas y renovar sus poderes contra el duende que le perseguía. Fue un año feliz para toda la familia, especialmente para mí. Fue un año completo que disfrutamos de la compañía de Toña, pero un día, sin avisarnos, se fue para su pueblo y nunca más volví a saber de ella. Todavía duermo sin asegurar la puerta de mi cuarto y conservo sus piedras mágicas con la esperanza de que cualquier noche, se acueste a mi lado y llegue a renovar sus poderes.

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