Bienvenidos: Revista La Urraka Internacional
Edición N° 33


Portada:
Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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domingo, 13 de diciembre de 2015

El ensayo en La Urraka

LENGUAJES
MIRADAS MULTANIMES

Por: Jesús María Stapper

¿Quién soy?

   
Quizás ésta sea, planteo desde la periferia, en mi condición de profana voz en la materia, ¿quién soy?, la pregunta imperativa para el psicoanálisis contemporáneo. Es una pregunta elemental en apariencia. Palpable como en las mañanas mordemos un pan al desayuno. Pero tiene sus embates intrínsecos. Vericuetos insondables que entre claroscuros viven. Razones expuestas a media luz.  No es tan simple la cuestión. Es algo que aún no ha respondido la filosofía ni otras ciencias competentes. No existen respuestas concluyentes para resolver la pregunta en ciernes. Resulta algo tan ambiguo y corto… tan pobre  como la definición enciclopédica del concepto salud: ¡ausencia de enfermedad!     Incluso pasan los milenios y el Hombre posee la carencia de definir con precisión qué es el Amor. Es tanto que si no encontramos nuestra propia definición  de: ¡quién soy… yo! quizás, con la avanzada tecnología, pronto nos defina una máquina: un robot más inteligente que nosotros. Una respuesta certera para ¿quién soy?, pero ante todo cierta, re-definiría y resolvería muchos dilemas, de los tantos que padece la Humanidad que aún tiene su pensamiento en periodo neonatal, un espacio lerdo de extensa cuarentena. 

Esta idea espontánea, que expongo en somero hablar, surge, al leer un texto de la psicoanalista  María del Socorro Tuirán Rougeón, escrito para el debate universitario, cuyo título es: “Incidencias subjetivas de nuestra post-modernidad y sus implicaciones”. Trabajo de hondos “laberintos científicos” donde abunda la ¡alteridad!, donde salen a la palestra los muchos: ¡yo-es!, en cuestión. Aunque dudo de mí, no de lo leído,  colijo que para existir yo, no solamente tengo que ser yo: un ¡yo! repetido en mi mismo, sino que tengo, para ser parte de  mí mismo, la necesidad insoslayable de ser “un ente” con el cual me encuentro, me miro, me palpo, me siento (desde el sentido de la sensibilidad), no del verbo. Es la forma expedita para demostrar que existo. Que incluso existo para mí. No implica esto que me refleje en los semblantes sindicadores de mi álter ego, como una vía alterna. No solamente somos lo que somos, somos más, es decir, soy más de lo que soy, y no es cuestión de ínfulas, tal vez es cuestión de un reconocimiento de mi propia existencia. Tengo que clonarme repetidas veces, en mi cuerpo, en mi piel, en mis sentidos, para mirarme al espejo de la vida y reconocerme a través de mi propia presencia.
 
Según entiendo el texto, aprehendiéndolo desde otras ópticas, tal vez desde mi iluso  mundo onírico, nacimos de un cordón umbilical que nos proveyó de alma (pensamiento-sentido-ser), como probeta que nos llenó las arterias de sangre. Este cordón también nos ata a los precipicios. En ocasiones nos suelta al vacío desde el más alto acantilado del universo, y solo así, entonces solo así,  con sangre derramada por los ojos, conocemos de los avatares que debemos pagar por vivir. Nos pellizcamos para auto-reconocernos. ¿Seré un ser apropiado para mí mismo? Para resolver lo anterior primero tengo que saber que existo. Somos intrincados por naturaleza, iguales son los caminos trazados, tal las rutas que nos compete recorrer a lo largo de nuestra senda existencial.

¿Quién o qué, nos dijo, nos afirmó, y nos hizo re-conocernos, en que yo: sí soy yo? ¿Será verdad? ¿Cómo lo aprendí? ¿Por qué lo creo? ¿Dónde surgieron esos vasos comunicantes? ¿Dónde está el vértice que me trajo de la oscuridad de La Nada, de la preexistencia de lo intangible,  de la existencia de lo inexistente, cuando al abrir mis ojos descubrí que me descubría… que a mi lado algo inerte o vivo, existía como yo, y que por lo tanto, no soy uno sino muchos? ¿A partir de qué instante supe que soy cuerpo? ¿Dónde discrepé para saber y entender que soy espíritu? Nací para que me inculcaran. Nací para proseguir lo que otros iniciaron. Soy el mejor alumno de la amorosa escuela de mi madre: el amor es ella, es también la escuela… y además es templo.  Soy el ocasional hijo de mi padre. Por lo tanto digo: ¡Yo no soy sólo yo. En realidad yo no soy yo, somos otros, así fuere: yo mismo. Y no es mi álter ego quien me habla ni me representa aunque también me habite. Solo entiendo que soy mi propia multiplicación. Aunque al mirarme me desconozco. Como rezan apartes de  mi poema Marioneta, libro Poemas de la calle interior: Soy el rostro / de la fotografía mutante / que el tiempo agrede / cada vez que me miro al espejo/ del Universo. / Soy sin ser: / espectro de moda y contra-moda / de todas maneras sigo siendo fiel / a pasar de mí. /Soy rostro en mutación / pero cuando me ven/ dicen que “soy yo”! Y yo, lo dudo, cuando alguien me mira y me dice: ah es usted. Lo dudo, créanme. ¿Será que yo si soy… yo?

Invasión de paisajes aptos para el psicoanálisis

Antes de ser engendrados, para nosotros, igual para mí, La Nada existe. Aunque anónimos, somos parte de ella. Somos presencia eólica-intangible en los festivales más oscuros de las tinieblas. Tenemos el status de ser solamente seres presentidos provistos de un orden alfabético en el catálogo de una profecía sin códice ni papiro ni alfabeto. No soy ángel. No soy Tótem. No alcanzo el pedestal de espíritu. Ni vemos ni nos ven. Salvo es que, nuestro esencial privilegio nos indica lo siguiente: antes de nacer no morimos. Si no nacemos continuaremos siendo eternos. Si un día nacemos y otro día morimos solamente somos una casualidad finita,  a pesar, de la credibilidad o no que tengamos, de la bella metáfora de la resurrección. Mi existencia, antes de ser un ser,  y la de todos, es un augurio establecido por yo no sé quién, de quién sabe dónde. No tengo cuerpo por ello no soy; es de momento, nuestra definición social. Empero el aire, nada más el aire, es mi primer contradictor.  Las nubes tienen forma pero no tienen cuerpo, son briznas de La Nada. No obstante las vemos. Las devoramos, y nos devoran. De tal forma atisbamos las esperanzas. De la misma manera forjamos las sonrisas de las alegrías presentidas. Le damos rostro, maquillamos sus semblantes. Entonces, prosigo inmerso entre los profundos canales, algunos apacibles, otros inquietos,  del texto con temperamento de psicoanálisis: “Incidencias subjetivas  de nuestra post-modernidad y sus implicaciones”.
 
Sí, soy, por ser yo, un paisaje, por dentro y por fuera, entonces a vuelapluma digo,  paisaje es todo lo que nos rodea, allende si sabe si existe o no. Lo es en sus manifestaciones variadas con competencias e implicaciones propias en cada uno de ellos. Es decir, como ejemplo, aunque no pensemos, nuestro pensamiento también es paisaje… así como lo es el vaho invisible que en las mañanas depositamos en los cestos del aire libre y frío.

En el auto-descubrimiento de saber: ¿quién soy?, confluyen paisajes al montón… algo así como un cartapacio de cordilleras que se nos viene encima y frente al cual no existe elusión ni escapatoria. Si de verdad logramos descubrirlo, será en el ejercicio de una horrible tarea, compleja y profusa como las más beligerante y cruenta de las misiones.

Me –con-lleva- la psicoanalista María del Socorro Tuirán Rougeón con sus planteamientos en el texto mencionado, antes que tesis o teorías, a reflexionar sobre los muchos paisajes que en el posible esclarecimiento de identidad existencial sobre ¿quién soy? nos conciernen, nos competen, nos acosan, nos abruman, nos increpan. Y más allá de ello, nos pertenecen. Todo genera desde el instante de ser engendrados y en el momento supremo cuando llegamos a la vida a través de la gestación y del parto.  He aquí, en elemental viaje, mi inmersión en algunos de ellos: el paisaje del vientre, el paisaje de los gestos, el paisaje de los sonidos, el paisaje de la voz, el paisaje maternal, el paisaje filial,  el paisaje de los arrullos, el paisaje de las agresiones,  el paisaje del lugar, el paisaje de  la época, el paisaje mitológico,  el paisaje geográfico, el paisaje atmosférico, el paisaje climático, el paisaje nacional, el paisaje social: con repercusión en la miseria o la riqueza, la ignorancia o el conocimiento,   el atraso o el desarrollo (individual y colectivo).  Sin duda, quedan otros paisajes por mencionar. No tanto de mi parte, ya que soy un ser acéfalo, un profano en el área, pero si la obligación (por así decirlo) es desde el psicoanálisis, que es  la ciencia amauta que los debe definir, y tendrá la imperativa necesidad de incorporarlos, no sólo a sus teorías, también a sus prácticas, en un reto máximo, con acertadas definiciones. Mientras tanto, “yo” ignorante supremo, prosigo cavilando sobre esto que escribí, en un elemental comentario que no sé cómo lo empecé, que no sé como lo terminé, y menos, mucho menos, supe lo que dije. Entonces tengo la seguridad absoluta que jamás podré responderme en verdad ¿Quién soy… yo? Así lo intente millones de veces. Acá lo mío  fue sólo una improvisada intromisión. Esta complicada tarea la dejo por resolver a cada uno de ustedes pero particularmente a la ciencia del psicoanálisis.

Jesús María Stapper
Bogotá D.C. Diciembre 3 de 2014

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