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Edición N° 33


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Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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miércoles, 1 de octubre de 2014

El ensayo en La Urraka

A la vera de los dogmas

DE LAS IDEOLOGÍAS… Y SUS VACÍOS

Por: Jesús María Stapper

A lo largo de la historia han existido, existen y existirán las ideologías,  y quiérase  o no, también existen los dogmas. Son un maremagno de ilusiones forjado  en supuestas nobles y generosas intenciones. Similar es el cartapacio de libertades y esclavitudes. Por principio, una ideología debe levantarse sobre un cimiento fuerte y consistente para que resista  los sismos y las tempestades  y los ayunos, sin tambalearse, sin derrumbarse. Debe contener argumentos sólidos, muy sólidos, para que pueda asegurar su crecimiento y su perdurabilidad y su creencia. La ideología debe tener distintos movimientos, uno circular que gire en tiempo y espacio y, otro movimiento direccional múltiple (en muchos ámbitos), pero esencialmente movimiento en lo nutricional filosófico, movimientos necesarios que vayan encaminados hacia la entraña de su corazón y hacia el exterior de su cuerpo. La hoja del árbol de Platón que cayó y se incrustó entre dos piedras, jamás se movió de allí, no obstante, tuvo movimientos: varió su textura, cambió su color, se compactó, se secó, se convirtió en polvo. Existen tantas formas de moverse, entonces la ideología no debe ser estática porque así, estacionada se queda, se llena de telarañas y perece.

Es imperativo para la ideología,  la obligación de “reverdecerse” en su esencia, caminar firme sobre la cornisa del mejoramiento continuo, para un pródigo y sostenible “emanar” de su misión. Sin embargo, tiene que estar preparada para “romper esquemas” y superar reacciones. Cada ideología que nace tiene la necesidad  de superar en ‘casi’ todo a las ideologías predecesoras desde lo elemental hasta lo complejo de sus formas y desarrollos. La misión de una ideología es satisfacer al Hombre en lo material, y por qué no, en lo espiritual (sin religión), entonces requiere ser concebida con el más dilecto… idealismo.

Al parecer, en su génesis, una ideología es ubérrima e integérrima. Cierta o aparente, nace con “grandes caudales” de generosidad, también de mezquindad, provenga de donde proviniere, sea cual fuere, sea la que amamos, sea la que detestamos, sea la más cercana, sea la más antagónica. En nuestro ejercicio racional a una ideología la aprobamos o la reprobamos, no hay más caminos. Tal como lo aseguran, en cuestiones de fe: amigo o enemigo, algunos dioses sin reino conocido.

Si detestamos  o ignoramos una ideología cualquiera fuere, es porque carece de argumentos convincentes, porque no demuestra “destellos atractivos”, porque estropea nuestros particulares intereses, porque es contraria a nuestro egoísmo, o por miedo al cambio. Bajo estas circunstancias es cierto que nos alejamos por desapego o displicencia de la magnanimidad de una propuesta ideológica aún cuando la sentimos necesaria y válida para mejorar la condición humana que es cruenta, miserable, injusta, egoísta.

Cada ideología (lo mismo que una religión) peca en cuanto acredita “su verdad” como propia, como única fuente, y la ofrece incuestionable, inexpugnable, infalible. Igualmente peca cuando a través de la esclavitud, de la represión, o de la enajenación, hace práctica de darwinismo ideológico, social, moral,  económico, político y cultural. Ahí pierde la dirección de las motivaciones insertadas por quien o quienes la fundaron. Toda ideología y toda religión tienen un fundador o fundadores quienes son solamente seres humanos que albergan alguna “visión interesada”, o una “necesidad” igualmente interesada.

¿Existe una ideología perdurable o por lo menos con visos de eternidad? Toda ideología vive con cierta holgura hasta su primera crisis. Las crisis de las ideologías pueden tener origen  en incongruencias propias (pobrezas) o por tergiversaciones (desvíos) en sus aplicaciones. Así enfrenta su crisis y bien la resuelve o bien desaparece. Algunas entran en estado agónico de duración indefinida. Algunas se van al ostracismo porque sufren de anacronismos a pesar de sus “respiraciones fortuitas” con base en “reparaciones”, entonces ni viven ni mueren, medianamente se sostienen en calidad de ideologías muertas pero insepultas. La necesaria razón de ubicar una ideología entre la vida y la muerte, y la agonía eterna,  no es otra cosa, que  asumir, que tiene inconsistencias al igual que sinrazones en “su razón”, es decir, que nació con precariedades y sin pre-destinación.

Todo lo que el Hombre ha creado en el ejercicio de su pensamiento es vulnerable, imperfecto, inexacto, contradictorio, cuestionable (sin mencionar mediocre). Entonces surge una pregunta sacramental para quienes piensan crear (forjar) una ideología nueva: ¿satisfará al Hombre?

El Hombre es el fin (primero y último y supremo) de cada ideología, luego el Ser racional la crea, luego el Ser racional la mata. La “asesina” por antagonismo, por antojo,  y lo hace rápido cuando ésta no es universal y maneja el “concepto hombre” como porción del mismo, es decir, la ideología cualquiera fuere, privilegia y excluye y vemos que en la práctica todas lo hacen.  No encontramos una ideología que sea perfecta en lo “universal”, que cope a la totalidad de la Humanidad desde su reflexión independiente, sin totalitarismo impuesto, sin radicalismos, sin procrear fanatismos insulsos, sin proselitismo vergonzoso, sin embaucar.  Podemos colegir sin temor a equivocarnos, que la ideología creada “más perfecta” es medianamente perdurable.

Para forjar la utopía de una ideología universal permanente, es necesario hacerlo en la dimensión de un  tríptico, aplicado desde la filosofía y la praxis: verdad, libertad y esencia. Y desde ahí “conquistar” el pedestal de la sabiduría… para “lograr” la vida. Ese es el resultado necesario y real para una ideología en grado sumo de su más elevada expresión. Así vivirá una bonanza de grandes significados. Colocando a las ideologías sobre el vidrio de los espejismos, comprendemos, de veras, que sus legados no van más allá de los sofismas, más allá de las entelequias. Agrupar a las ideologías para comprenderlas es igual a detener nuestras miradas en los rostros sonrojados por el desconsuelo que atiborran las graderías de un estadio.

Una ideología debe tener como “instrumento fundamental” al Hombre, y por ende, la vida con sus implicaciones y responsabilidades. ¿Por qué no puede nacer algo ideal (una ideología) del y para el Hombre como fehaciente realidad? Ninguna ideología como tal es panacea. Todas tienen élites (castas, clases), todas son subyugantes. Todas estigmatizan.  Estos defectos no generan sumas hacia su perdurabilidad sino resta a partir de la diferencia-ción y de la exclusión. Una ideología “sana” y filantrópica no puede obnubilar, ni enajenar, ni esclavizar. No debe generar dependencia sino libertad.

La ideología tiene que ser libre para que “su militancia” lo haga desde el discernimiento y la razón y la definición. No puede inculcar aquello: la defiendo porque me toca, sea por conveniencia, por necesidad, por obligación impuesta. Advierto sí, que tanto vacío ideológico, no cabe en el abismo. Las ideologías predican distinto, pero todas llegan, al mismo punto: ninguna parte.

Apostilla: Este escrito  (año 1991) ha sido comentado, controvertido, estudiado, en algunas universidades e instituciones colombianas. Inicialmente fue publicado en la revista PAIDEIA del Instituto para el desarrollo de la democracia, Luis Carlos Galán Sarmiento, Bogotá.

Jesús María Stapper
Bogotá, Septiembre 30 de 2014

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