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Edición N° 33


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Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
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jueves, 12 de junio de 2014

Carlos Héctor Trejos Reyes y su predilección poética por la muerte

Carlos Héctor Trejos Reyes y su predilección poética por la muerte

Por Conrado Alzate Valencia

Carlos Héctor Trejos* salió de este mundo un sábado 11 de septiembre de 1999. Se fue apenas frisando los 30 años de edad. Su partida fue un suceso tan inesperado que aún hoy, creemos que el poeta y amigo entrañable no ha muerto. Sólo se mudó de casa, de barrio, de ciudad. Solamente cambió de sitio como lo hizo Antoine Roquentin, el personaje central de “La náusea”, del filósofo francés Jean-Paul Sartre.

Sí, la muerte es nada más una mudanza. Por eso en la antigüedad Marco Aurelio, expresaba: “La muerte no es quizá más que un cambio de sitio”.
Estas palabras del emperador romano, quien trató de explicar con bellísimas meditaciones el misterio de la muerte, nos ayudan a paliar el dolor que nos causó la mala jugada que el destino le hizo a nuestro gran poeta.

Por otra parte, para los existencialistas modernos, la muerte también es una mudanza. El autor de “La náusea”, le quita la vida a Antoine Roquentin, trasladándolo de la tediosa y somnífera Bouville a los espacios luminosos de París. Así desaparece pues, Roquentin.
En cambio los existencialistas clásicos, estuvieron unánimes en llevar a la muerte orgánica a los seres que ellos crearon. Un ejemplo de cuanto digo, nos lo proporciona Gregorio Samsa, el de “La metamorfosis”, a quien Kafka le da una muerte orgánica insospechada.

Otro paliativo literario que aminora las penas y nostalgias que nacen de la pérdida de los seres queridos o amigos más caros, es esta máxima del bardo antioqueño Carlos Castro Saavedra: “Morir no es otra cosa que tener que vivir”. Esto es cosa certísima porque todos sabemos que lo que nace muere y lo que muere nace.

Ahora bien, Plutarco citaba con profundo respeto un párrafo posiblemente heracliteano sobre la vida y la muerte. Este  párrafo espolea asimismo nuestra comprensión: “Una misma cosa en nosotros lo vivo y lo muerto, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo viejo: lo primero se transforma  en lo segundo y lo segundo en lo primero”.

Lo que deseo con las citas anteriores, es señalar que la muerte está unida inseparablemente a la vida, que está en nosotros como si fuera uno de nuestros órganos. Y pensar en ella nos hace más humildes, más comprensivos, más humanos. Además es el leitmotiv que campea en la obra de algunos poetas colombianos, entre ellos Carlos Héctor.

La muerte del poeta

Aunque el desenlace de la vida de Carlos Héctor se parezca un poco al fin trágico de algunos poetas, quienes murieron prematuramente, no podemos pensar en un suicidio. Pues él, no se apartó voluntariamente de este mundo como si lo hicieron Thomas Chatterton, Hart Crane, Heinrich von Kleist, Georg Trakl, Attila Jozseff, Sergei Essenin, Vladimir Maiacovski, Alejandra Pizarnik, José Asunción Silva, entre otros.

Y aunque algunos digan sin titubeos que Carlos Héctor fue irresponsable con su vida porque de cuando en vez le rendía culto a Baco; y agreguen que fue más responsable con el arte que con él mismo. Aunque otros crean que él tenía prisa, mucha prisa y coloquen como ejemplo sus triunfos y sus libros publicados a temprana edad, esto no es una razón de peso para asegurar que nuestro rapsoda se quitó la vida. Meditar de este modo es una absurdidad.    

Lo que sucede es que en el momento en que un creador desaparece en la flor de la vida, incontinenti la gente empieza a conjeturar, a tejer un sinnúmero de historias: algunas verdaderas, pero las más de ellas falsas. Y nuestro insigne y fugaz poeta no está libre de esta suerte.

Aquí cabe indicar pues con Juan Manuel Roca que “…de entrada, algunas sociedades pragmáticas ya señalan el oficio del poeta como una forma de suicidio, más si este, como los viejos poetas malditos, quiere ser arena y no aceite en la maquinaria del Establecimiento”.

Es más, los juicios serenos y prudentes de Otto Morales Benítez, descartan rotundamente el suicidio de Carlos Héctor. El maestro advierte que él dejó de existir porque estaba enfermo. Y el ensayista Arcesio Zapata Vinasco, también desmiente la versión del suicidio con los siguientes términos: “La muerte le ganó una mala jugada, se le apareció en medio de su ‘ingenuidad’ de hombre libre que en esa semana había visitado dos veces al odontólogo. Nadie cuida su sonrisa para quererse despedir a la fuerza”.

Sin embargo en muchas ocasiones el poeta había intuido la muerte. En noches de insomnio y desasosiego la había percibido convertida en un rarísimo animal que le hacía corcovos, incineraba su alma y se burlaba de su situación. La había percibido en la mentira, el odio, la incomprensión y la estolidez de sus congéneres. Ya había visto la cegadora de hórridas costillas en su encierro voluntario, en la soledad y la nostalgia de su alma buena.

La verdad de todo es que el poeta no temió perder nada (ni siquiera su mayor tesoro: sus sueños y palabras). Y aun sabiendo que la existencia es el bien más valioso, no le dio miedo perderla. El poeta sabía que cuando uno se enfrenta a las adversidades, vicisitudes de la fortuna  y peligros del mundo como si estuviera muerto, realmente no hay nada que perder. Esto es el desapego y la indiferencia que tanto aconseja el nagual Carlos Castaneda. Acaso de este modo veía las cosas el poeta cuando escribió estos versos:

(…) Si pierdo mis huesos y alguien decide / arrebatarme los sueños, me dará lo mismo. / Jamás fui dueño de nada, / ni de estas palabras.

(Estoicismo)

Recuerdo que una vez le leí uno de mis textos, cuyos versos son una despedida. Él me miró fijamente y me dijo: “Para qué habla de la muerte si yo me voy a ir primero que usted”. Otra vez observando las zonceras de unos ancianos, señaló: “Qué horror llegar a la vejez con tanta estupidez” 

Quizás lo que necesitaba el poeta para poder vivir era un espacio diferente: más amplio y menos monótono. Un espacio como el que Sartre le buscó a Antoine Roquentin. En consecuencia, C. H., como cariñosamente lo llamaba uno de sus más fieles amigos, mereció ser trasladado como una bella planta a un lugar más saludable. Esto sin duda, le hubiera prolongado la vida, lo hubiera librado de su suerte.

Su predilección por la muerte

A algunos liróforos colombianos siempre los estremeció la muerte. Ella fue el axis constante que movió su astro. Es el caso de José Asunción Silva, Porfirio Barba-Jacob, Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Tomás Vargas Osorio y otros. En Caldas tenemos a Luis Alzate Noreña y Carlos Héctor Trejos.

Como ejemplo claro de la fascinación que sintió Carlos Héctor por este tema, examinemos algunos versos de su libro “Ahasverus”, con el cual ganó los II Nuevos Juegos Florales de Manizales, en 1994:

Apoyada en su pata de palo / la muerte se pregunta / cómo sembrar un árbol.

(Ecóloga)

(…) Ninguna puerta me dará el alivio. / Ninguna muerte alejará / la bestia
 que visto. (…)
(El hilo de Ariadna)

(…) No sé qué espera mi asesino. / La muerte igual que yo / también se impacienta.

(Coartada)

(…) Pasa y pasa la faena y aún / no aparece la estocada, / ni la herida de muerte.

(La faena)

Concluimos con esta estrofa:

Esta búsqueda inaplazable / tiene que llevarme a alguna parte. / Si bien ya no creo en la vida / la muerte es el acicate / que espolea mi alma. (…)

(Hacia el cielo del caos)

De “Manos ineptas”, obra con la cual obtuvo en 1995, el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, tomamos estos renglones que también subliman la “magra cegadora”:

(…) Pero no temamos, / es sólo la muerte / que no ha podido afinar su pulso.

(Grafía de la muerte)

(…) Si jamás han acariciado un rostro, / cómo pedirles que me dejen acariciar la muerte.
(Manos ineptas)

(…) Dejadme sólo a los buitres. / Ellos saben más de muertos / y se ahorran la hipocresía del llanto.
(Oficios de dolientes)

(…) Siempre la veo llegar / con ojos tristes y vestidos de luto / previendo quizá la muerte. (…)
(Mujer suicida)

Si mi alma, que creo ya en el umbral / entre la vida y la muerte, / ha de volver a los viejos lugares / por donde la paseé. (…)

(De la amada)

Y finalizamos con esta brevísima y significativa joya poética:

Si esta noche / que me acompaña hasta en el día, / me señalara dónde queda la muerte; / de seguro, no tropezaría a cada rato / con la vida.

(Ceguera)

Riosucio, Caldas, marzo 18 de 2003
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MUESTRA POÉTICA DE CARLOS HÉCTOR TREJOS REYES

Verso inútil e incesante

Sólo un verso mal aprendido,
que no sabré si es mío o ajeno,
quedará como resumen de mi extravío
y de mi merodeo en la poesía.
No será útil como epígrafe
para saber de mi vida,
ni servirá de epitafio
para cuando me llegue la muerte.
Sólo será un verso que a cada rato olvido
y que a cada instante recupero más maltrecho,
sugiriéndome siempre otro dueño.
Verso que no hará parte de ninguna antología,
y con el que no ganaré
una palmada en el hombro, un corazón o un premio. 
No servirá para nada.
No valdrá siquiera de contraseña
para entrar al infierno.
Sólo unas cuantas palabras
que incesantemente pierdo y encuentro.
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No viene de sangre

Cuando en casa se dieron cuenta
(no por mis labios sino por boca ajena)
que era el iluso propietario de unos versos,
creí que me había ahorrado
muchas excusas y explicaciones;
que les había ahorrado
muchos reproches y malos pensamientos;
pero nada.
Aunque dándoles tiempo,
no me comprendieron ni lo intentaron.
No les inspiré, por lo menos, lástima.
En cambio yo si comprendí
que esto de la poesía
no viene de sangre.
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Ausencia de palabras

Adónde se fueron los nombres de las cosas;
en qué rincón buscarlos,
si mi mente y mis labios están vacíos.
Adónde huyó todo lo que creía saber.
Por qué no logro describir ni mi entorno.
Será que abusé de las palabras
y me quedé sin una sola.
Será que se resistieron al haber
puesto en duda su capacidad de verdad,
y resolvieron darme la espalda.
Eso me pasa por meterme en campos
donde no se me ha llamado.
Ahora me encuentro sin con qué comunicarme.
Me encuentro solo y no tengo cómo decirlo.
Eso me pasa por malgastarlas.
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Pregunta

Si de cascarones
tan débiles y pequeños
nacen aves,
por qué no sale de la luna
un pájaro de plateadas plumas.
Yo lo cuidaría, lo alimentaría en casa,
y le haría una jaula oscura
como la noche.
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Laberinto infinito

Éste, donde me has dejado,
no es el de Creta.
Aquí no se entra ni se llega al centro,
y luego se sale convertido en héroe.
Tampoco hay Minotauro al que temer.
Es otro laberinto;
que está en todas partes,
que no tiene centro, ni periferia, ni salida;
de donde nadie puede salvarme
y en el que estoy perdido de por vida.
Este laberinto es la soledad.
Al que tú añadiste todos los patios,
las paredes, los corredores imaginados y por imaginar.

* Nació en 1985 en el municipio de Riosucio, Caldas, Colombia. Murió a los 29 años de edad en su ciudad natal dejando una leyenda alrededor propia de poetas malditos como Rimbaud, Lautréamont o Barba-Jacob. Publicó tres libros en sus casi 30 años de vida. Fue ganador de los II Juegos Florales en Manizales. Su tercera publicación, “Manos Ineptas”, lo hizo merecedor al Premio Nacional de Poesía.

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