Bienvenidos: Revista La Urraka Internacional
Edición N° 33


Portada:
Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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viernes, 17 de enero de 2014

El ensayo en La Urraka

EL MOUNI. 
REMINISCENCIAS DEL ACORDARSE.
Proyecto de no sé qué.

I.  Reminiscencias del acordarse. 

El título quiere significar que no son reminiscencias del recuerdo, sino del acuerdo, haciéndome cargo de la distinción que hacen los toltecas entre recordar  y acordar(se). Lo primero, recordar, rememora hechos, acontecimientos pasados; mientras que acordar revive actos en el momento en que están ocurriendo allá, sin distancia de tiempo ni de lugar. En el acuerdo se está presente, viviendo, no reviviendo, o sea, en vivo y en directo, como se dice.

Las narraciones hacen lo uno y lo otro, aunque abundan más las evocaciones o recuerdos que las narraciones en acto. El lingüista alemán Harald Weinrich habla de esto y, citándolo de memoria, distingue entre la técnica del relato, que es la que narra hechos y no actos, la tradicional reminiscencia de las evocaciones clásicas, y la técnica del comentario –así llamada por él-, que es la que narra actos y no hechos. El tiempo de la primera es todas las formas del pasado, generalmente el copretérito, mientras que el de la segunda es siempre el presente y el narrador desaparece generalmente. Pedro Páramo, de Juan Rulfo, La Caída, de Camus, La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio, podrían ser ejemplo de esta última. Homero las emplea ambas en La Ilíada, más dominante la primera, aunque también, ¡y de qué modo!, la otra, en ese canto magistral que es la raposodia dedicada a El escudo de Aquiles.

Hemos sido educados para recordar, no para acordar(nos). Los cuentos, leyendas, sagas, bilinas, romanceros, cantares de gesta, églogas, etc., desde Homero y todas las epopeyas universales, seguramente sean los responsables de esta preferencia y de haber habituado al hombre a revivir hechos, no actos.

Sin embargo, creo entender o saber –no lo puedo precisar todavía- que en todos nosotros se dan ambas posibilidades, aunque, seguramente por la habituación de la mente, empleamos más el recuerdo que el acuerdo. Ojalá pudiéramos traer a la memoria la ocasión en que algo, alguien, persona, criatura, humana o no, algún suceso, detalle, ademán, dispara en uno, activa, de manera viva, algo, alguien que ocurrió y en lo cual fuimos partícipes. Son ocasiones o circunstancias del acuerdo, caracterizadas porque la energía vital se nos enciende y nuestros cuerpos emocional y mental saltan a otro nivel de vibración. Los casos del déjà vu se le parecen o pueden ser uno de tales.

Aunque ambas reminiscencias están en la mente, tal vez el acordarse es el que compromete a todo el cuerpo, la participación de todo el cuerpo o de todos los cuerpos: Físico, emocional, mental, espiritual, mientras que el recuerdo es más de la mente o de la mente y el cuerpo emocional, pero siempre a distancia.

También me parece, asociando alguna lectura del Elohim Serapis, que el acordarse pertenece a un grado más evolucionado de la energía y, por ende, a un mayor nivel de evolución de la persona. Seguramente el Elohim Vista Ciclópea sea el paradigma de esta potestad omnisciente y omnividente. El nagual don Juan Matus le habló de esto a su discípulo y lo condujo a la maestría de su empleo, claro, después de haber pasado por todo el proceso de evolución ocasionado por la enseñanza de las maestrías del tonal y del nagual.

En el modo de conocimiento tolteca, se emplea tal práctica, la de enfocarse directamente en el acordarse, mediante la técnica del alineamiento del punto de encaje. Los hilos, franjas o emanaciones de la energía, flotantes, entran en contacto y coincidencia con sus correspondientes en la banda luminosa de la conciencia humana, de modo que el tolteca experto selecciona la que necesita presencializar para vivir de nuevo aquel allá, en acto. Es el mecanismo de los videntes.

Quisiera disponer de esa aptitud, pues la necesito. Hay presencias que me urgen a acordarme con ellas: Me impregnan, me inflo emocionalmente como un balón, me tocan como si tuvieran antenas, fibras, tentáculos que me atrapan y me adhieren, diciéndome e invitándome a quedarme pendiendo de ellas por, seguramente, la urgencia, el interés o el deseo de compartir conmigo no sé qué. O, mejor, sí sé, pero no sé.

Sé que el nivel de desarrollo de mi evolución, de mi energía, no tiene la aptitud que se necesita para ponerme en contacto directo con esa memoria akásica guardada en los velos transparentes del universo. Y como sé eso, de mi limitación, me abstengo de especular, y declaro mi mejor disposición de humildad para poder merecer de la divinidad, alguna vez, esa gracia o don. 

He sabido que los grados en la evolución no se alcanzan por méritos de la mente intelectual, sino por la sabiduría del corazón. 

La bondad es la que dispensa el ascenso a los grados superiores de la energía, hasta atreverme a pensar que la pureza es el don, el sendero, el báculo de la sabiduría. La pureza rima con la armonía; no de otro modo se sostiene el equilibrio de los astros y la abundancia de países y de conocimientos guardados en los distintos velos y pliegues de la transparencia y de la luz. Allí no se puede llegar sino descalzos y limpios, con la palma de la mano y la pupila absolutamente blancas e impolutas como el alma. Seguramente ya así, todo estará al alcance de nuestra percepción, sin limitaciones de espacio ni de tiempo. Mi palabra de paso es, pues, esperar.

…Aquella vez murió Mana Juana … Después, se fue para España el P. Larrañaga, benefactor de todos nosotros. … . Otro día, desaparecieron las hicoteas porque los búfalos les destruyeron el hábitat y el sustento en los sapales de las ciénagas. … . También desaparecieron los contertulios vespertinos del atrio de la iglesia. …; y aquel otro día, ya no lo sé. … (Esta nota la escribí cuando yo estaba vivo todavía).
II.  Reminiscencias del acordarse.
Tal parece que hay dos mentes, dos memorias para la reminiscencia, y que por falta de costumbre o por estar en un determinado grado de la energía, empleamos incluso a voluntad más la reminiscencia del recuerdo que la del acordarse. Ponerlas una al lado de la otra es ya un primer paso para visibilizar la más insólita.

En algunos de mis archivos, he documentado algunas citas sobre la evocación o reminiscencia del recuerdo, así como sobre la otra. De la primera diré que, de conformidad con cierta fuente, la he situado en la categoría de la Semiótica Estética. Ella corresponde a la memoria de los itinerarios de la praxis, a la huella de todo tipo –emocional, intelectiva, táctil, gustativa, olfativa, perceptiva en general- que uno va dejando espontánea y no deliberadamente en/con todo lo que trata. Gran parte de la literatura universal bebe en esta fuente. 

Toda la literatura del ubi sunt y de la Generación del 98 corresponde a esta categoría. Michael Riffaterre introduce otro matiz, el del hipograma, que es un campo semiótico meramente reminiscente, pero sobre todo del lado emocional sub o inconsciente. Él trae el ejemplo de la flauta, cuyo campo asocia rusticidad, pero también al dios Pan, sin agotar el inventario. 

En mi pequeño ensayo sobre el primer poema de Pablo Neruda, de sus 20 poemas de amor y una canción desesperada, me apoyo en este categorema para mostrar cómo el poeta Neruda va expandiendo, a partir del cuerpo de su amada desnuda y bocarriba, un campo hipogramático de reminiscencias telúricas y míticas, mediante blancas colinas (senos) /mundo en actitud de entrega / cuerpo de labriego / hijo que salta del fondo de la tierra-madre, etcétera. Descubierta la clave o pauta hipogramática, el poema se entrega dócilmente a su desciframiento hermenéutico. 

La categoría estética de la autotelia es esto mismo. La encontramos en el tema –ya tópico en Estética- de la confrontación de los paisajes deportivo, científico, utilitario y artístico.

La otra, que también he venido documentando, la que más, si se quiere, es la que he ubicado en la categoría de la Estética Semiótica, próxima o, al menos, en el umbral del acordarse. No me es fácil hablar de esta. Porque no es fácil para ninguno hablar de lo insólito, de lo innominado, de lo anónimo, del universo de los indicios, del misterio. Y, a la verdad, la gente prefiere ir a saco a la otra fuente, sin importarle mayor cosa que en ella se llueve sobre mojado.

Si he llegado hasta aquí es porque anhelo poder aruñar algunas vislumbres de ese campo semiótico ciego, rico en información pero ciego, sellado, como la transparencia que, ahí donde uno la ve, creemos que no contiene nada, cuando, en realidad, sí contiene nada, que es la suma de todos los todos. 

Esta nada, que es el campo semiótico de la transparencia, es nada menos –para mi apreciación- que el país del caos, o sea, del alfa y del omega, del principio y el final, de donde sale todo y adonde vuelve también ese todo, después de haber bregado a convertirse en cosmos u orden. El ejemplo caserito es el del mar, sinónimo del caos, de donde salen, mediante la evaporación, nubes que viajan y derraman la lluvia, el rocío, la nieve, que luego se derrite y va a encontrarse con la lluvia que se volvió cañadas, arroyos, ríos, que vuelven de nuevo al mar. 

La transparencia es un alias o sinónimo del mar, pues de ella –si no de dónde- sale toda la creación y a ella vuelve, sabiéndola guardar en su baúl que mágicamente se cubre de nada. Detengámonos en los ruidos, los sonidos, la música; de dónde vienen, de qué océano se evaporan, y luego al callarse o acallarse en dónde se refunden y en dónde se guardan o esconden. Con la particularidad de que todo ese inventario infinito que es la nada se viste de transparencia para no llamar la atención, digo yo.

He dado en creer –inventando el agua tibia- que la historia de la creación consiste en los transbordamientos que la nada o transparencia o caos derrama continuamente sobre el mundo, en presencias de paisajes, artes, ciencia e inventos en general, y que unos prometeos elegidos por lo osados tuvieron el valor de interogarla y adentrarse como Jasón en sus entrañas deslumbrantes. Mark Twain, el P. jesuita Anthony De Mello, Beethoven, Mozart, Kandinsky, Rilke, los clásicos gecorromanos y otros, a su modo, también lo creen así.

Ahora bien, conjeturo que el punto de conflicto o crítico está en lo que uno sea capaz de hacer con la memoria reminiscente del recuerdo. Intuyo que al misterio no se puede ir armado de la razón ni de la intelección porque le ocurrirá que ni siquiera sospechará del misterio, estando rodeados de él. Digo, entonces, desde mi vislumbre, que el silencio interior, o sea, el acallamiento de toda, toda la memoria reminiscente del recuerdo, es condición para empezar a darnos cuenta de que estamos en zona del misterio y de que, a partir de tal instancia, nuestro sistema perceptivo debe saber que nada sabe y que, si quiere saber, debe confiarse a la información proveniente del misterio. Este modo se instituye como la forma  o manera de conocimiento propia de esta nueva situación o edad, a la cual no se puede ingresar con los modos de conocimiento de la cultura perceptiva reminiscente del recuerdo.

Debemos admitirlo: Aprendimos a mirar desde uno y nos desentendimos de que lo que nos rodea también hace lo mismo. Lo que miro, me mira también a mí; si yo cancelo mi proyección sobre él, podré advertir que lo que está ante mí me está mirando. Si soy capaz de retener el aliento –diciéndolo metafóricamente-, esto es, de estarme absolutamente en silencio interno, sin premuras ni expectativas, podré percibir que todo lo que me rodea habla y que su lenguaje mudo es aprehendido por todo el cuerpo de uno, de manera omnienvolvente (evito decir holística, por favor). A partir de ese momento, ya uno sabe, aunque no sabemos cómo decirlo. Sin embargo, bástenos eso y no prefiramos saber decir lo que sabemos a medias, que callar la plenitud del conocimiento integral e íntimo.

De lo cual se desprende la conclusión de que la tarea inminente e inmediata es des-saber, saber callar hasta alcanzar el silencio interior, guarda-templo de este recinto arcano. Desde esta conjetura, seguiré avanzando en la sospecha de que, sin el acallamiento del diálogo interno, diálogo que es siempre memoria reminiscente del recuerdo, no hay revelación posible de ese nuevo país en cuyo borde o litoral podríamos encontrarnos. SABER OSAR HACER CALLAR, tal vez sean el tetragrammatón sagrado que nos serviría de báculo para ir por este sendero no hollado.

En esa perspectiva, estaríamos en presencia de la reminiscencia platónica, proveniente del olvido del olvido. El olvido la guarda y protege, de modo que, para recuperarla, necesitamos olvidar el olvido. Este olvido del olvido, o recuperación de la memoria celeste, es la célebre teoría de las Musas, más conocida como la anamnesis, que eso es lo que traduce tal vocablo griego, empleado y explicado por Platón en Ion, su primer diálogo socrático.

Traducido a lengua profana y de hoy, las Musas consistirían en la presencia de esa voz sagrada de revelación que aparece por efectos del silencio interior, o acallamiento del diálogo interno. Y lo sacro consistiría en las presencias de la fuente arcana, con los mensajes del caso, cuando los huesos, sangre, nervios, piel desolvidan para decirnos sus memorias. 

Nuestra memoria, pues, guarda recuerdos y acuerdos, evocaciones de lo que la memoria recuerda y puede reconstruír, así como presencias inmanentes, vetas arqueológicas de lo que la tradición del ser ha acumulado en sus distintas memorias de olvido sucesivas. Somos, entonces, la casa de esas dos memorias, sin pérdida de ninguno de los rastros vividos por uno a lo largo o a lo ancho de nuestra errancia por la eternidad y el infinito.

Los griegos hallaron en el mito de las Musas el instrumento para recuperar la información guardada en el olvido, y los toltecas, el zen y otros sistemas de conocimiento emplean la meditación sin premeditación con el mismo propósito, des-saber la memoria reminiscente del recuerdo, o memoria cultural, para alcanzar aquel umbral de la anamnesis platónica.

Silencio interno, pues, como olvido de una memoria para propiciar el acceso a la recuperación de lo que olvidamos al nacer.
III.
Este rodeo es para decirme que lo que es EN mí y no DE mí no es objeto accesible a mi deliberación. El íntimo anhelo son las urgencias de diálogo que me apelan de manera permanente desde algunos lugares y escenarios del pasado, que me causan casi enajenación o trance. Y, para tratar de sacarlos y ofrecerlos a la lectura, movieron mi interés en acudir a un medio elocutivo adecuado, como el de la novela, por ejemplo. Así es, quise, fue mi propósito –es- poner en enunciación de novela eso que acusa sus urgencias en las vetas arcanas de mi ser. Pues no se trata, según alcanzo a apreciar, de mensajes, ideas, preceptos, sino de resurrecciones de aquellos pedazos o trozos de vida que no sé por qué alientan desde mí el deseo de volver a despabilar junto conmigo.

Anoche, de manera sorpresiva, como suelen darse estas informaciones, bailaron en mi mente perplejidades de este tipo: ¿Son preludios de Bardo Todol o, como decimos popularmente, de estar en inminencia de recoger mis pasos, o presencias de mis vidas pasadas que quieren compartir conmigo de nuevo su energía, en la idea de un renacimiento? Y, puesto que no lo sé con certeza, lo prudente es esperar y atenerme a las señales y senderos que se me indiquen, a partir del silencio interno.

Por consiguiente, la palabra de paso es la no-palabra, CALLAR. La cual implica silencio en todo el universo de la conducta, de la percepción y de la mente. Sigue, pues, HACER, poner en acto la voluntad acordada.

Otto Ricardo-Torres (Ensayista, escritor y poeta) 
Casa Esenia, enero 14 del 2014.

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