Bienvenidos: Revista La Urraka Internacional
Edición N° 33


Portada:
Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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jueves, 12 de julio de 2012

Breve crónica en La Urraka



AROMAS QUE HABLAN DE AYER.

      Aquella tarde de mí llegada al aeropuerto estuvo marcada por una serie de eventos que lejos de causarme molestias, disfruté mientras se suscitaban. Las dificultades para tomar un taxi debido a la demanda de usuarios de la terminal; aunado al hecho que algunas áreas estaban cerradas por visibles trabajos de ampliación y reacondicionamiento, desviaron mis pasos a lo que sería mi primer contacto cultural con aquella ciudad. 
      La tarde estaba un tanto oscura y algo fría. Por lo que decidí cruzar desde el aeropuerto hacia la primera calle que llamó mi atención. A toda prisa y temiendo un frío aguacero corrí balanceando mi pequeño maletín de piel argentina, comprado durante mi primer viaje al sur, y en el que acostumbraba llevar lo esencial en travesías cortas en la región, pues su tamaño y versatilidad lo hacen perfecto e ideal para un aventurero bohemio que lleva tatuado en el alma y en los ojos, el descubrimiento propio e intimo de cada ciudad o pueblo en cuanto a su cultura, costumbres y belleza. 
      Un pequeño aviso luminoso en tonos verde, azul y violeta, dejaban leer con claridad: “Café de paso”, me dirigí rápidamente a la entrada del local y al pisar los primeros adoquines de su entrada puede sentir el halo inmediato que evocan siglos de historia, vivencias entretejidas de años remotos que dan identidad al lugar y a su gente. A medida que cruzaba la puerta una amable joven me mostraba unas viejas escaleras que ascendían al nivel superior del establecimiento. Solo pude prestarle atención por un instante, pues en mi avanzada advertí la presencia de una vieja máquina de medianas dimensiones. El artilugio tenía casi el tamaño de un auto; me detuve un momento para analizarla, pero al instante que lo hice la joven se acercó y comenzó a relatarme la historia al tiempo que me describía cómo funcionaba aquel magnifico artefacto. De inmediato mi imaginación comenzó a volar; remontándose hasta aquel momento puntual en la historia. 
      Una tarde cualquiera, oscura y fría. Las cinco mujeres trabajando alrededor de la máquina, tal cual el relato de la joven del lugar. La número uno se acercaba con el quintal de café, la número dos tomaba el pequeño saco y lo entregaba a la tres que se hallaba montada en una plataforma frente a la torva donde se vierte el café para ser tostado. Mientras que la cuarta de las trabajadoras controlaba el café que venía tostado por una canal hasta caer en el depósito de la molienda, donde esta subía y bajaba el canal una vez lleno el depósito de la molienda. Por último la quinta de estas mujeres daba vueltas a la palanca lateral para moler el café que caía en pequeños cajones de madera una vez molido. Todo aquello en una perfecta armonía, en un funcionamiento musical. Casi puedo oler aquel aroma histórico, ver la expresión vívida en el rostro de aquellas damas de amplios vestidos y pañuelos sobre su cabeza, escuchar sus tribales tertulias, propias de sus orígenes, su entorno y su vida.  

      Ya instalado en la terraza superior de aquel mágico lugar me dediqué a contemplar el rústico y hermoso piso de ladrillo quemado, las vigas de madera en el techo que soportan las cañas alineadas y bien dispuestas de aquel techo de tejado español. Mientras reparaba en la antigüedad del local se acercó el mesero que tomaría mi orden. Una vez que hube ordenado un café especial de la casa, una agua embotellada y un exquisito pastelillo propio del local. Cuando de pronto noté que algunas de las personas que visitaban el lugar contemplaban atónitos a través de los grandes ventanales a la gente correr en el boulevard hacia los establecimientos, mientras que me levanté para contemplar mientras que porciones de gran tamaño de granizo golpeaban el borde de los viejos ventanales. 
      Por un instante me sentí bendecido, pues creo que no había un lugar más idóneo para contemplar semejante acontecimiento, que desde aquella hermosa locación. Mi viaje apenas comenzaba y a solo una hora de mi llegada estaba contemplando aquella grandiosa fiesta de granizo tan intensa como nunca lo había visto antes. Pensaba en mis expectativas mientras saboreaba aquel delicioso café que trajo en el primer sorbo y de manera instantánea, las imágenes que antes me forcé a evocar, pero esta vez fue algo espontaneo y sin esfuerzo alguno. La vieja máquina, las mujeres y aquel delicioso aroma que me harán recordar siempre que estuve en Bogotá, la capital por excelencia de uno de los más legendarios aromas mundiales, el café colombiano.

Por Agustín Eduardo Serrano Mendoza (Sermendo) (Venezuela)

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