Bienvenidos: Revista La Urraka Internacional
Edición N° 33


Portada:
Mujeres trabajando
Autor: Yemba Bissyende
Técnica: Batik
Medidas: 40 cm x 1m 30 cm

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domingo, 8 de marzo de 2015

Cuento del escritor colombiano Gustavo Cogollo


“LADRAN LOS PERROS”

                                                                                 "… La muerte de un sueño
no es menos triste que la muerte..."  
                                            Truman Capote          
                                                                                               
El viento cálido que entra y corre estrafalario (revoloteando  por todos los rincones “como Pedro por su casa”) va impregnando, dejando regado por donde pasa un fuerte y denso olor a escolleras y a marinería.

El calor que amodorra el tiempo en la soledad de lo escondido dibuja figuras de extraños seres, aparecidos fantasmas, en las resecas y salitrosas paredes de calicanto.  

-¡Que cierres esa puerta!- salta repentinamente desde el fondo de uno de los cuartos el desafiante grito que huye retumbando por esas viejas y carcomidas paredes hasta llegar a la pequeña y oscura salita en busca de ella. 

Ella, sumida, tal vez ida, trasladada por el paciente trenzar de hilos y recuerdos a algún escondido lugar de su memoria, no presta, mucho menos ofrece respuesta, un gesto, al exaltado y angustioso pedido.

-¡Que cierres esa bendita puerta, te he dicho…! – escapa un nuevo, insistente y angustiado grito.

Ella ahora lo escucha leve, pero hace no darse por enterada. Sólo frunce en su soledad, con un gesto negativo, sus labios, y ladea desinteresada hacía un lado la cabeza. “Ni para allá voy a mirar” – piensa, mientras sus manos hacen coincidir en un punto las largas agujas que van enhebrando los hilos. ¡Ya estoy cansada… jarta de lo mismo… y lo mismo… a toda hora! – termina por decirse.

-¡Ya ves! ¡Te das cuenta…!- sigue gritando desde el fondo del cuarto sin asomarse, intentando llamar su atención. ¡Por eso es que nos pasan
tantas vainas…! ¡Te lo he repetido tantas veces! ¡Una… y mil veces te he dicho  que cierres esa bendita puerta, y no has querido hacerme caso! ¡Ni te importa un carajo para nada… nada! – enfatiza.

-¿Y por qué tengo que hacerte caso en todo lo que me pides, ah?- responde al fin con una voz casi inaudible… como cansada, sin voltear a mirarlo desde el taburete en donde está sentada, recostada a la pared. ¿Y además para qué quieres que cierre esa puerta…?  Dime, te pregunto: ¿Para qué quieres que la cierre ahora, ah…? 

Él, desde la oscuridad que lo acoge y abriga en el fondo del cuarto, ya no dirige su mirada hacía ella, sino que temeroso, al escuchar nuevamente, aunque todavía lejanos, la leve infinitud de sonidos que vienen, que se acercan, que siente llegar marchando, ha tenido que moverse en el cuarto como un animal enjaulado, sitiado. Temeroso, reconociendo lo que sucede afuera, decide asomarse, para después cruzar apresurado la salita vacía, hasta llegar sigiloso a la puerta principal. Rápidamente se acerca y distante atisba hacia la calle por el ínfimo y débil celaje que ofrecen las hendiduras en la madera.

Ella, apacible, sentada cómodamente en el taburete (apoyado contra la pared, donde cabecea y rumea cuanto pensamiento le cruce), ha visto salir su celaje y el cruzar presuroso hacia la puerta, como tantas veces lo ha tenido que ver en los últimos días, y más aún, en estos últimos momentos; y levanta con desgano, de soslayo, por encima del marco de las gafas su mirada de oveja triste y, al notarlo más que callado, mudo, parado frente a la puerta en un extraño silencio, opta por decirle: 

- ¡Mira… tú…! ¡Si cerramos esa puerta ahora nos vamos a ahogar con el tremendo calor que está haciendo por todas partes! ¿No sientes la alta temperatura infernal que está haciendo aquí adentro, ah? Por eso es mejor dejar esa puerta así como está, para que el viento que sopla entre como siempre ha entrado y corra libre por toda la casa y apacigüe el bochorno en que estamos metidos. ¿No te parece? ¿No te-pa-re-ce, ah? ¿Dime?- le acentúa y se lo queda mirando desde el taburete como si nada pasara en absoluto. 

De repente, sin imaginárselo, él brinca, dando un extraño salto de monicongo desde donde espía hasta ella. Le gesticula, manoteando enfurecido, haciendo todo tipo de muecas y mímicas frente a sus ojos, pero sin emitir una sola palabra. Al final ella lo observa contorsionarse sucesivamente, como si fuera una oruga.

En un momento va doblando, ladeando la cabeza y su mirar, y se la queda observando, buscando en su inspección algo que pueda reconocer, que le ofrezca la seguridad que es ella.

-¡Qué vaina!- grita de pronto, y se endereza. -¡Qué vaina! ¿Hay que repetírtelo mil veces...? ¡Una y mil veces, nojoda...! ¿O es que no quieres escucharme, ah? Se le acerca, inclina nuevamente su cabeza y la mira fija a los ojos: ¡Por última vez, por favor! ¡Te lo pido, por favor, cierra esa puerta! ¿O tú esperas a que yo vaya a cerrarla...? ¿Verdad? ¿Sí? Como la observa inane, fría, entonces avanza unos pasos más hasta quedar frente a frente, nariz con nariz: ¿No has notado que últimamente ya ni podemos dejarla entreabierta, como antes? ¿Ah?.. Que ahora, más que nunca, debemos mantenerla cerrada el mayor tiempo posible. ¿Sí? ¿Sí?..- termina por decirle suplicante al verla tan inmutable, tan inalterable.

Ella, inmóvil, pero con esos ojos amarillos de oveja triste, abiertos, siente en su rostro el cálido transpirar de su aliento a café y tabaco. Deja los hilos y coloca las otras cosas sobre la mesita que está a su lado, y sin la mínima intensión de premura se levanta del taburete. Con suma delicadeza se vuelve, inclina, ajusta y pega el taburete a la pared. Después se da vuelta, y paso a paso, con una decisión desconocida en ella, casi que parsimoniosa, como adrede, se le planta frente a frente, y extendiendo sus brazos en cámara lenta hacía él lo aferra por los hombros y pone su profundo mirar en sus ojos, intentando encontrar en ellos la más leve respuesta de lo que está sucediendo y le dice: 

- Antes, ¿Lo recuerdas…? – le dice. Piensa… piensa, por favor. Antes… ¿Sí?, antes... al poco tiempo de estarnos aquí, cuando el sol bajaba y se iba metiendo en el mar, nos llegaba esa suave brisa de río y mar de la tarde: ¿Si? ¿Lo recuerdas..., lo puedes recordar…? - te pregunto, insiste, le remueve los hombros - entonces podíamos salir a la terraza y estarnos sentados el tiempo que quisiéramos allí, en los mecedores de mimbre, a conversar, a recibir el frescor de la tarde, el que viene bajando frío de la Sierra Nevada y se va al mar, y después un poco más tarde, como si supiera que lo esperábamos con mucho deseo, el otro viento, el que llega del mar, lo sentíamos venir cálido, salobre, cargado de muchos olores diferentes de otros lejanos mares. Pero ahora según…según… según tú... según tu nueva locura, esa nueva locura que se ha venido apoderado de ti últimamente, no podemos salir para nada, ni dejar la puerta abierta (lo aprieta y lo sacude, queriendo hallar en esos sacudones la exaltación y la tristeza de esos ojos; la verdad o una justificación a lo que le está pidiendo que haga), y me pregunto: ¿Por qué ahora no lo podemos hacer? ¡Ni desde cuando, según tú - lo señala, le punza fuerte el pecho con el índice - las cosas han cambiado! 

Ya eso, aquello, recuerdas… lo que pasó… pasó hace ya mucho tiempo, cuando vimos subir a aquellos hombres como perseguidos, y los observamos pasar trotando de día y de noche, sin parar, sin saber quiénes eran ni para dónde era que iban, pero ellos subían haciendo trocha con decisión y pertenencia, como esa hormiga colorá, y unos días más tarde, al caer la noche, con el cielo oscuro y relampagueante, comenzó, se vino aquel torrencial y huracanado aguacero, por allá, por el pie de monte de la serranía, sobre las tierras yermas y resquebrajadas de nuestra parcela, y con el correr de las horas, después de sentir precipitarse tanta lluvia, observamos que se fueron creciendo las quebradas y se rebozaron los jagüeyes hasta romperse, y ahí mismito, más que asustados, escondidos, nos dimos cuenta de todo lo que esas aguas traían y bajaba flotando en los oscuros y turbulentos arroyos; la cantidad de cosas y animales juntos, apretujados con los cadáveres de esa misma gente que habíamos visto subir y de otras de más arriba, camufladas entre el follaje ahogado y mustio. ¿Sí? Y nosotros ahora, aquí adentro, después de tener que salir huyendo, a escondidas, abandonando las tierras para venir a vivir aquí, terminar recluidos en esta casita, en estas cuatro paredes de bahareque, cartón y calicanto salitroso, no sabiendo ni quién es el que pasa por el frente ni quién es el que nos hace un saludo, o quién es el que nos está señalando. ¡Te das cuenta! ¿Sí? ¡Te das cuenta…! ¡Para que ahora vengas tú, después de tanto tiempo, con estas cosas de locos…!

- ¡Ni eso! – grita él, como si hubiera estado esperando esa respuesta. ¡Ni eso! ¡Ni estoy loco, ni nunca lo podríamos dejar de hacer!

Él, después de lanzar ese grito áspero y contundente: “¡Ni eso!”, se la queda mirando con desolación como si desde tiempo atrás hubiese estado esperando, guardando el reproche, y ella, al sentir que con la mirada la intenta reprender también, lo suelta de los hombros y con pesadumbre baja la vista – “antes que se le vengan a cruzar otros malos recuerdos”- piensa. Lo deja ahí solo, inerme, y se dirige hasta la mesita amarilla y se pone a hurgar indecisa, nerviosa, en el cestillo, entre las bolas de hilos de mil colores, los botones, las agujas, viejas monedas oxidadas y las cosas que ha ido dejando olvidadas allí con el pasar de los días. 

Regresa, toma, vuelve y reubica el taburete, apoyándolo una y otra vez contra la rústica pared. Al fin se sienta y coloca su vista para cualquier lugar. Le resta importancia a su cercana y silenciosa presencia. Él, al ver que ella no hace ningún gesto, ni nada para ir a cerrar la puerta, sino que ha tomado nuevamente sus cosas del cestillo y se ha vuelto a sentar, se mueve urgido. Mostrando rabia y molestia en el andar se dirige con decisión hacia la puerta. Antes en el andar, vuelve, mira y revisa obstinadamente el techo, el entrecruce de las vigas, cada una de las tejas de barro superpuestas y el interior de la casa hasta percatarse de que cada tranca y cada cruceta de las otras puertas, de las ventanas, y los cartones atarugados en las claraboyas, y todas las cosas que ha puesto como seguro se hallen en el lugar en dónde deben estar, en dónde siempre han estado y nada de lo que empecinadamente cruza por su mente pueda convertirse, en llegar a volverse realidad. Pero al instante, al colocar la palma de la mano sobre el grueso y áspero marco de madera de la puerta reacciona, retirándola de inmediato, como si ese marco ardiera y le hubiese quemado. Alarmado cree sentir, venírsele a la mente y al cuerpo, por primera vez, después de lo acontecido, que ese pedazo de madera del marco de la puerta fuera ahora era el mismo y áspero borde, el canto rústico de las tapas de aquellos tantos ataúdes que tuvo que cerrar a punta de clavos y golpes de martillo en la madrugada de aquel día; como si esa madera estuviera ardiendo todavía a fuego vivo entre sus dedos y de paso quemara la palma de su mano. Se extraña y se asusta.  

Ella desde la distancia, hincada y encaramada sobre el taburete logra atisbar por el rabillo del ojo, retener y congelar en su mente el preciso momento del gesto incoherente que él hace al colocar y retirar la mano sobre el rustico marco de la puerta. Es entonces cuando reacciona y más prontamente se levanta; tira el cestillo sobre el asiento del taburete y camina urgida hacia él. Apresurada, alterada como va, al llegar, y sin pensarlo dos veces lo toma del brazo, lo sacude, y le grita: - ¿Oye tú… y ahora qué es lo que te está pasando? ¿Dime, qué es lo que te pasa… dime…? El no le contesta sino que extasiado observa fijamente para la calle, así cómo cuando se queda embobado al ver romper las olas del mar contra las filudas rocas del farallón en los acantilados y cerros del Ancón. 

Es entonces cuando, al sentir la serie de jalones que ella le está dando para arrancarlo, para retirarlo abruptamente de algo que lo atrae y retiene, reacciona y todo manso, desprevenido, vuelve su rostro y sus ojos ámbar, de buey carretero, hacia ella y por un largo rato se la queda mirando fijo y pensativo, confuso, casi perdido, como si buscara reconocerla entre los muchos cuerpos amontonados y las tantas personas sometidas y aprisionadas por los vivos tentáculos del poder en las enredaderas parásitas donde anidan las negras y picudas Marialucías. 

Ella, sin soltarlo, sosteniéndolo entre sus pechos, creyendo que así no se le iba, que no se le escapaba, ni se lo llevaba lo que estaba afuera, intentó alargar, extender el otro brazo para empujar la hoja de la puerta y cerrarla; pero cuando se dio cuenta que así como estaban apoyados, sostenidos, nunca podría alcanzarlo, que por más esfuerzo que hiciera tampoco lograría acercar su mano hasta ella, y al observar, entonces, que poco a poco la hoja de la puerta, con el viento contrario, a sotavento, que la golpeaba y pasaba raudo por la apertura lo que hacía era empujarla hacia adentro para abrirla más y más, como si ese viento fuera cómplice, una persona obstinada, terca, en querer abrirla para que ellos pudieran a toda costa mirar, observar desde el interior de la casa el profundo y oscuro fondo de la calle; la luz azulada y fría que invadía  la calle, y llenaba la noche, las cosas, a las máscaras de colores iridiscente vislumbradas en el tumulto, los ruidos y los sonidos, y las miles de voces, que llegaban sin saber de dónde provenían, y las repentinas y extrañas muecas que veía se estaban produciendo en su rostro, la hizo lanzarlo, tirarlo con fortaleza hacia el piso, para enfrentarse decida y sola, a empujar la inmensa y pesada hoja de la puerta que sentía sostener entre su mano, y que él, con tanta insistencia, le había pedido que cerrara. 

Se imaginó que esa fuerza contraria y ese peso era producto de los vientos arrolladores, encontrados, que llegaban irrumpiendo por los lados del patio, enfrentándose a los vientos del mar, y que desaforados y tormentosos se entraban por la amplia abertura dejada en la puerta, jalonando y chocando el uno contra el otro, era los que no  la dejaban cerrar. Pensó entonces en su titánico forcejeo, en lo que él le había venido diciendo desde tiempo atrás para que cerrara la puerta y ella no supo por qué le tuvo que contestar inmediatamente como le contestó; que lo que le dijo, fue sin imaginarse nada, ni nunca eso le había pasado por su mente, como era el anticipar, prever que algo les iba a suceder si dejaban abierta esa puerta, o si la tenían que cerrar; pero como él (todo cabrero, emputado como siempre) se había movido para cerrarla, a ella le importó “un comino” que él fuera a cerrarla así como estaba, y fue cuando se puso a buscar, a hurgar en la nada ya que nada era lo que verdaderamente buscaba y nada esperaba encontrar.

Para esos momentos, antes que él se moviera, que molesto tomara la decisión de pedirle a gritos por última vez que cerrara la puerta; afuera (por un resquicio) entraban y se escuchaban las miles de voces, los feroces sonidos y los ruidos que acompañaban a las tantas cosas que transitaban, que venían en un desordenado orden y algarabía por los lado de la calle, intentando penetrar por el pequeño espacio dejado por la puerta y así llegar hasta el centro de la sala y hasta ellos. Los perros - que al inicio del berenjenal se habían mantenido sumisos, quietos y echados cerca al taburete donde estaba ella - se habían alterado, refunfuñando, y al escuchar el frenético grito final que él había proferido para que ella cerrara la puerta, empezaron a encorvar sus erizados lomos y a ladrar contra lo que ya presentían y pasaba; no con esos ladridos bronquinosos que ellos emiten cuando llega alguien, o están frente a un desconocido, sino con ese chillido de temor, penoso y lastimero, cargado de miedos; porque enseguida se volvieron y prontamente se fueron metiendo, con el rabo entre las patas, debajo de la hornilla entre los chécheres de la cocina. 

Eso, el miedo, el temor, el mismo culillo de los perros, la alteraron y la pusieron más nerviosa, ya que siempre, desde niña, había escuchado entre los viejos de la casa que los perros, con sus “ojos de perros” percibían y veían lo que los humanos no lograban ver ni percibir. Y ahí mismo, al venírsele una serie de recuerdos, de aquellos fantasmitas verdes que se aparecían por las noches con una sonora risita de chiquillos malos y jugaban a la ronda y al escondite cerca los llanos humedales, en los bordes oscuros de los pozos artesianos, en las redes de la cipote araña tragapollos y de las gigantescas flores carnívoras que crecen de la noche a la mañana al limbo de los sueños, fuera de sentir el fuerte y penetrante olor de la mata-mata arrebatabaile, la chorreante caída de las traslucidas babas de las cepas del guineo verde, del vuelo rasante del murciélago guayabero, tomó la decisión de meterle toda la fuerza, el perrenque, la cañaña a la vaina. Entonces en el último momento de sus más traídas y alocadas decisiones resuelve colocar un cachete contra la pared y cerrar los ojos para no ver pasar al sátiro de los flamígeros cachitos rojos con la punta de sus zapatos enroscados al revés, ni mucho menos tener que escuchar el tintineo de sus sonoros cascabeles, ni percibir su fuerte olor a diablo con toda su corte pendenciera y carnavalera; y por último, como si fuera poco, tener que apretar el culo como fuera para no perder la fuerza ni el empuje cojonudo hasta llegar a cerrar esa bendita puerta, definitivamente.

Él, tirado, desvencijado en pleno piso cuan largo es, ni se movía, ni mucho menos daba signo de vida; sino que con el cuerpo lánguido ocupaba un espacio temporal en plena sala. Allí derrotado parecía un electrocutado babeante, soltando por la boca un hilillo violeta y gelatinoso.

Afuera, en plena calle, con ventanas y puertas cerradas, bajo una azulada y fría luz de noche, transitaba en todo su apogeo y en plena rumba el desfile montaraz y mefistofélico del carnaval; cada uno de los participantes parecido a los otros, a los que no marchaban en la esplendorosa y desordenada guacherna, llevaban en su existencia toda la algarabía del loco desenfreno y el libertinaje. Eran tan parecidos, se veían tan igual a la realidad como esa vaga sensación dejada en la mente por la duda al confrontar una cosa con otra tan idéntica, pero inexistente, que nos produce un lejano eco y la más profunda inestabilidad; y que muchas veces, al no lograr evacuar ese instante, esa decisión en la vida, como es la escogencia, el saber si estamos o no en lo correcto, el recuerdo permanece en la memoria como el rabo en la cometa, azotando, dando locos y desaforados latigazos al viento. 

Nada de lo que desfila, empujado, llevado por la más alocada procesión tiene un rumbo definido. Van al garete. El que está de último, va, se dirige a donde lo conduzca el ímpetu alucinante y por ende su séquito burlón, cuan largo cuerpo de gusano, oruga ciega que se mueve ondulante y sinuosa detrás de la cabeza guía. Van escamoteando la calle y el tiempo; persiguiendo, instaurando miedos y temores en las mentes débiles; en su guepajé, del timbo al tambo. 

Ella, ante el persistente desafío y mínimo chillido, de los pequeños y agudos griticos animales, del trinar de los pájaros, los rebuznes, gestos
y malabares de los miles de participantes, se dio cuenta de la reacción de su cuerpo ante el extraño viento neblinoso y frío que comenzaba a escalar el espacio interior de la casa, a meterse, a entrar por la delgada luz que se había formado, creados en la lucha contra los remolinos y cantiles encontrados. Fue en esos escasos segundos cuando pensó que tenía que realizar como fuera el último esfuerzo para cerrar la puerta; entonces retiró la cara de la pared y al apartarla espernancó, despepitó sus ojos para lograr ver lo que tenía que ver, para enfrentar así, pensó, lo que viniera. Se dio cuenta en un instante de todo lo que pasaba, de lo que iba y venía, de la despepitada de ojos que le pegaba cada uno de los personajes que desfilaba frente a ella, al mirarla, y que sólo dejaba de hacerlo cuando quería atisbar hacia el interior de la casa, para después volver a poner sus lascivos y encantadores ojos de serpiente, en ella. 

El ritmo exterior, en plena calle, y los golpes y el cutu-plá-plá-plá de los tambores, el sonido del guache, la guacharaca, el grito estridente y agónico de la flauta de millo y el del cencerro, soportados y acompañados por todas las tantas voces posibles, habidas y por haber, que saltaban sobre el escándalo nocturno, pareciendo parte del engaño o de la realidad, era frenético, delirante. Ella no lo sabía, ni podía imaginarse en dónde era que comenzaba la cabeza o terminaba el rabo de la turbamulta guachafitera de la gran guacherna, ya que únicamente medio podía ver para el frente los rápidos y permanentes movimientos y quites que le ofrecía la amorfa barahúnda; ni tampoco sabía hasta dónde llegarían sus esfuerzos, o si su cuerpo iba a desfallecer sin poder controlar la impertinente fuerza del viento, la brisa loca, que chocaba contra la bendita hoja de la puerta, y de paso sobre ella.

La caravana, como si forzosamente cada uno de sus personajes tuviera que hacer una rigurosa parada, exhibirse frente a la casa, mostrar su espectáculo en plena puerta, se detenía frente a ella, allí y cada vez que lo hacía, presentaba un nuevo rostro y una nueva careta, un alucinante disfraz.

En esa obnubilación fantasmagórica no sintió la levantada, ni el rezongar leonino, como tampoco sus guturales gritos que entre dormido y despierto, aletargado, que comenzaba a lanzarle; sino que después de ver pasar, brincando como saltamontes, pacopaco, maríapalito, de un lado hacia otro con el garabato en mano, a la esquelética muerte lenguona, fue cuando al volver su rostro hacia la puerta, intentando sacudirse de la mente la terrible imagen multicolor y la somnolencia que le estaba produciendo el circular movimiento de los ojos en sus hundidas cuencas y de la inmensa lengua que sacaba y metía, sacaba y metía morbosamente como alegre y nervioso gusanillo, falo bucal, lo pudo escuchar y ver. 

-¡Te dije que no dejaras esa puerta abierta… que la cerraras y mira que todavía estás en esa…! – le manifestó, como si la repelida, la pateada recibida por tocar la hoja de madera, al creer estar cerrando un vasto y corroñoso ataúd más; y el tiempo que pasó tirado, adormecido en el piso, en algún momento no hubiera pasado por encima de él.   

- ¡Por qué no la vienes a cerrar tu…nojoda!- le contestó grosera, emputada - ¡Si es que tienes cojones para poder con ella! – le recalcó en medio de la lucha, en la empujada, como si la puerta tuviera vida y obstinadamente se opusiera a que la cerraran.  

Volvió a verla, a seguirla con la mirada por todo el cuerpo, intentado descifrar si esa mujer era su mujer o alguien parecido que se hacía pasar por ella. También miró hacia afuera, a través del espacio de la resplandeciente luz que ofrecía, que dejaba la apertura de la puerta. Miró repetidas veces hacia ella y otras hacia afuera sin detenerse, buscando reconfigurar en su extraviada mente la realidad o la irrealidad de lo que estaba viviendo, de lo que les está pasando. Con todo eso no dejaba de cerrar los ojos y sacudir su cabeza. Adentro, en lo más recóndito de su pensamiento algo le perturba, haciéndolo inseguro ante las tantas cosas que estaban pasando. Sabía que ellos estaban allí, que todos iban camuflados aprovechando la participación en la bufonesca guacherna carnavalera, disfrazados con cualquier vaina de lo que se les viniera en ganas, para lograr confundir más al perseguido, al que tenían en la mira, al planillado en la lista de la muerte. 

-¡Oye tu…! ¡Mira…! Por qué no has cerrado esa puerta, ¿Dime…? - la increpa. O también tú estás en contra de mi, ¿ah?-.  

Sin saber qué hacer al escuchar la recriminación, piensa en sí es mejor seguir soportando, deteniendo con su cuerpo la puerta para que no se abriera de par en par y el tumulto bullanguero, estrafalario, al verla espernancada se metiera a la casa, o por últimas tener que pararle bolas a él. En ese entresijo de indecisiones y acoso siente que no puede más, que pierde resistencia, que desfallece, que los brazos y las piernas le están jugando una mala pasada, un mal momento, al temblarles, y así no podrá sostener la puerta; entonces como en un atiborrado espectáculo de plaza pública, tal vez en respuesta a los aconteceres, en un delirio histérico, como si el interior de su cuerpo fuera un cubilete de mago, comienza a lanzar, a votar las cosas más inauditas e inverosímiles por la boca: alas de pajarracos de mal agüero, las babas del diablo, ranas cantantes de ópera, peces pelágicos, los largos tentáculos de una medusa milenaria, unicornios en su salsa, y miles de pequeños espejos que iban reflejando en cuadriculas lo inexistente, pero que siempre nos han determinado la realidad en los cuatro puntos cardinales y al final, después de votar todo lo inimaginable que pudo votar, lanzó al piso de la salita, como si fuera una recopilación, síntesis de todas las historias un voluminoso libro, empastado con la suave y fina piel de los colibríes de mil colores de la jaula imperial del reino de los Arawuak, en donde se podía leer en su amplia portada, en una fuerte y profunda impresión tipográfica en laminillas de oro, un texto en cursiva: “Semiótica de las imágenes del Jardín de las Delicias” escrito por un tal, Peter Van Teller, quedando, al terminar de leer el titulo, su mirada confusa, estrabica, vidriosa, perdida, sin un destino determinado. Él al observar con terror y cagalera los cambios que se produjeron en ella y al ver las tantas cosas inimaginables que votó y brotaron por su boca, se abisma. Entonces salta apresurado y angustiado va hasta la puerta antes que ella se tire al vació infinito de lo impredecible y se confunda con la horda lujuriosa que se desplaza veloz y sin fin por las calles y carreras de la ciudad. De antemano sabe que debe detenerla antes que se la lleven y termine como la llorona loca, sin rumbo su llanto y ella, perdida. La alcanza en pleno umbral, la agarra como puede por los largos y rizados cabellos y sin mediar palabra alguna la tira, la trae bruscamente hacia adentro antes que se convirtiera en un participante más del alegre y contagioso cuchiflí de la alborotada y sandunguera guacherna carnavalera.

Afuera todos bailan, danzan y brincan desaforados, cada uno por su lado, irremediablemente sin ton ni son y sin medida bajo el sofocante vaho que exhala la infinidad de cuerpos excitados, lujuriosos. El hombre bestia, la loca tira piedras, el monstruo de una y mil cabezas, la garrapata política, el desquiciado barbón del Tío Sam y sus áulicos mercaderes pidiendo a gritos guerra a toda hora; jalando piden, presionan, manipulan. Él intenta no mirarle a los ojos; sabe y reconoce sus poderes, sus intenciones alucinantes y mira para otro lado mientras la va arrastrando, llevándola hasta el centro de la sala. De repente la puerta se abre, se espernanca de par en par, como si fuera un último desafío y deja entrever, muestra todo el esplendor del espectáculo de lentejuelas y la caribeña y saturnal bacanal que transcurre allí en plena calle, delante de él, con una apariencia banal, en esa lunática noche azul. Pero ahora no sólo está viendo pasar a los miles de danzantes, a la pobre comparsa de los micos, a los viejos decrépitos y borrachines de la danza del torito, a los fantasiosos travestís, a las reinas impuestas por decreto y el poder social; a las niñas “mantecas populares”, colocadas allí para seguir engañando; a la moñitos, a los que sólo esperan el desorden bufonesco para colocarse el cauchito y completar la careta que llevan puesta de por vida; a la danza machorra de las farotas, a las peapeas, a la comparsa de los que dicen que no son y lo son y van pidiendo a gritos, gritando a los cuatro vientos… ay niña… disfrázate como quieras y encuentra tu pareja, a los que se la pasan encapuchados gritando: “no me conoces, no me conoces” y todo el mundo sabe quiénes son y les gritan: “ellos son los que le roban a la nación… ellos son”, a los que logran liberarse en ese desorden ordenado del peso de su conciencia porque el guepajé del carnaval aguanta todo, a la vieja dama que conserva y viste años tras años su blanco, largo y vaporoso vestido de novia en espera de una segunda, tercera y cuarta oportunidad de una arremetida fálica, y a los que se disfrazan de cualquier cosa para ocultar su vana estupidez y lograr participar en la más grande mamadera de gallo que alguien jamás haya podido imaginar; sino a los muchos otros cuerpos humanos desmembrados, mutilados y agonizantes que llevan desvencijados, taciturnos, guiados, conducidos hasta las rústicas cajas fúnebres, y que él, calladamente, ante el silencio impuesto por el cañón de un fusil sólo espera para cerrarlas una a una y tirarlas a una fosa común, sin saber, ni conocer quiénes son ni de dónde los traen, pero que vienen marcados por una luz gris plata, cenizos, lúgubres. Él no logra determinar el tiempo que lleva deambulando y sólo piensa que cada cadáver debe ocupar el lugar asignado antes de colocarle la rustica tapa de madera, sin pulir. 

En el aparente silencio de la noche escucha al viento traer, arrastrar desde la oscura distancia de las calles el eco de voces y gemidos de dolor que poco a poco presiente va en aumento, hasta cuando recibe en pleno rostro el chocar cálido y húmedo de miles de asquerosos, sucios vahos. Los perros, al abrirse completamente la puerta, y sentir pasar el pertinaz viento que arrastra en su torbellino interior toda la algarabía, el desorden, la bulla, la guachafita y los miles de sonidos del mundo que por instantes se han ido transformando, como si delante de ellos, los que transitan, los que escandalosamente libertinos, andan, marchan y recorren las calles de la ciudad, estuvieran montando y bajando en cada puerta de cada casa una portátil y saturnal escenografía, comenzaron a ladrar frenéticos contra todo lo que se moviera. El constante gruñir y las salvajes y babeantes dentelladas (chasquidos de filudos dientes) junto con los ladridos que se replican, que se repiten en conjunto, al unísono, incesantes dentro de sus oídos, lo mueven, lo hacen sacudirse desde el cuello hasta la cabeza, como si quisiera sacar, retirar algo que se le ha atascado en el caracol interior de sus oídos y le molestara. De pronto la confusión de tantas cosas, de las figuras zoomorfas, extrañas y danzantes, de cadáveres grises/azulados y pétreos, de las infinitas morisquetas que desfilan chocantes por su abrumada mente crean una implosión que lo libera de todo, hasta de los largos tentáculos ofidios que rodean y aprisionan su garganta con sus colas que fluyen reptantes y viscosas por los bordes orbitales de sus ojos y por las fosas nasales, sofocando su respirar. En esa total confusión no sabe ni reconoce que los perros ladran desmadradamente por lo asustados que están al repeler a diente limpio las rítmicas sombras que se aglomeran, que se desbandan y se esconden, y a las brillantes luces que se precipitan rutilantes sobre la oscuridad de la noche. Indeciso alza y alarga sus brazos en busca de cualquier cosa en donde se pueda apoyar, sostener, para levantarse. En su débil y ciega exploración, tanteando, encuentra una de las espernancadas hojas de la puerta, aferrándose a ella.

En su desorden, en el gui-pití-guipití guachafitero la turba carnestolentíca con su loco ímpetu intenta llevárselo por delante. Los perros se lanzan contra lo que sea y ladran, gruñen rabiosos, ahora con más afán, y las panderetas y los pitos, los pea-peas, el cutuplá-cutuplá-plá de los tambores Batá, el grito adolorido e infinito de la gaita y el rechine del cencerro crean un circulo de sonido y fuego; de miedo y terror que se afana por enloquecerlo, para extraviarlo en los oscuros laberintos de las medusas azules-fucsias del fondo abisal del mar; por los vericuetos sin fin del nautilos, en las huellas perdidas del canto de la oropéndola fiscal y por el clá-clá de la danza los coyongos. 

- ¡Ahí está! ¡Cójanlo…! ¡Cójanlo…! ¡Ese es…! ¡Que lo cojan, qué lo cojan…! ¡Ese es…!- se escucha a hurtadillas, en un siseo culebrero, en voz baja, como en un coro debajo de otro. De voces sobre voces. 

- ¡No!.. ¡Ustedes a mi no me llevan, nojoda! – gritó con todos sus cojones. ¡Yo no tengo nada que ver con esos cuerpos asesinados…!

“... Yo no tengo nada qué ver con esos muertos… ellos detuvieron el bus en que viajaba y a todos nos hicieron bajar. En la penumbra de la madrugada solo se escuchaban las atropelladas voces que insistían en que todos debíamos bajar. ¡Abajo todos…! ¡Que nadie quede dentro de ese hijueputa bus…!- gritaba alguien. Y todos bajamos a la fuerza. Afuera hacía mucho frío. Atropelladamente nos colocaron a la orilla de la carretera, y nos recostaron con las manos en alto, pegadas al bus. A esa hora de la madrugada todavía se podía observar el brillo radiante de las tantas estrellas y luceros en el cielo; se podía escuchar entre los arbustos el penetrante silbido de la ranita coquí y el rumor cristalino de las aguas que bajan rauda por las faldas de la montaña y corren apresuradas, chocando contra las piedras en su camino hacia el cálido mar; contrario al viento frío y penetrante que llega como un sereno y abrasador manto blanco desde lo alto de la sierra..., pero... pero nadie sabía quiénes eran ellos, porque aquí ninguno quiere decir quién es quién, ni quiénes son, y ellos dicen ser lo que no son para crear más confusión. 

En coro pidieron altaneramente que nos ubicáramos y recostáramos en fila a un lado del bus… y en voz alta, con un dejo castrense, comenzaron a exigir documentos y los cotejaban con una lista que iluminaban con la débil luz amarilla de una linterna.

Así fueron apartando a la mayoría. Por eso es que siempre, desde ese día, me reviento y devano los sesos preguntándome qué tenía que hacer yo a esas horas en ese bus. Una mujer ya entrada en edad, preñada, que llevaba tirado en el pecho un niño moquiento y pipón, un anciano harapiento doblado por la incertidumbre de los días por venir, y una joven morena, de unos treinta años tal vez, cerrada muy temprano de negro luto que miraba asustada para todos lados, buscando con sus ambarinos ojos, escapar, y yo. A los demás… a los demás, un grupo de hombres callados, jornaleros, campesinos, los hicieron bajar y caminar, custodiados por una apertrechada columna de cinco o seis hombres, hacia la oscuridad. A ellos tres, con la misma impronta militar, los mandaron a subir al bus. A mí me aguantaron poniéndome una mano en el pecho, como si supieran que estaba por reventárseme el corazón, para decir con alevosía que diera unos pasos hacia adelante, hasta el frente del bus. Ahí cerré los ojos, cerré y apreté las manos contra mis huevos y junté lo más que pude mis dientes, miré en busca de una fuente de luz interior, cualquiera, por última vez y mascullé algo incoherente, no sé que fue pero sentí escapar el tiempo y entrar a otras luces, a otras claridades.

Después que las secas ráfagas alborotaron a las codornices tempraneras y a las pequeñas candelillas madrugadoras; sentí entonces que alguien se acercaba, como si me tocara el turno, y me puyaba entre las costillas con la punta de un cañón todavía cálido. Al abrir los ojos observé los cuerpos de los apartados, sangrantes, tirados en el asfalto como si tuvieran escalofríos. 

Estando ahí, frente a esos cadáveres, me entregaron un viejo martillo y una caja de clavos, y subí, seguido por uno de ellos, hasta un paraje abierto y me quedé estático y lelo mirando no sé qué, ni por cuánto tiempo el largo y hondo hueco de esa zanja abierta como una gran herida en la tierra, y a un lado la amarillenta hilera de los rústicos huacales con sus tapas. 

Pasado un tiempo, inconmensurable, al abrir temeroso mis ojos, como para corroborar que todavía estaba vivo, y que lo que había sucedido no era cierto, ya ellos se habían camuflados en la semioscuridad de la tupida vegetación del monte. 

Entre la espesa neblina del amanecer me di cuenta que el bus todavía estaba ahí, pero el conductor se había ido con ellos.  Por eso sé que ellos me buscan, que ahora están camuflados allí. Qué van ahí en la prolija, escandalosa y saturnal guacherna carnavalera. Por eso sé que me buscan, para que siga guardando, aunque sea muerto, en silencio, el secreto que cargo y arrastro… y de paso siento que ya me pesa.

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